Traducción: un monólogo dramático de Browning
Robert Browning
Pictor ignotus
(Florencia, 15…)
Yo pude haber pintado como el joven
ese que tanto alaban. ¡Qué potencia
se agita en mí! No me frenó ninguna
barrera -¡ah pensamiento que se amarga
mientras se va calmando!-, ni el destino
me impidió, astro por astro, que estrellara
en la noche de ustedes mi talento
de los fuegos de Dios, ni se me hubiese
acobardado el cuerpo por seguir
a mi alma, los ojos levantados
al cielo, o como un trueno sumergirme
directo en lo más hondo del instante,
o merodear con calma, e indagar
la licencia y el límite, el espacio
y su borde, admitido en la verdad
que es visible en nosotros. Y como ese
jovencito que ustedes tanto alaban
yo pude haber plasmado lo que vi
con mi mano en la tela, cada rostro
signado por la ley de su deseo,
cada pasión gritada sin sonido:
ya fuera la esperanza que despierta
toda junta en la sangre, esa ansiedad
por la inminente dicha del abrazo,
o el éxtasis que obliga a que se bajen
los ojos, como cuando los pichones
mantienen aferrado el corazón
de la paloma al nido, o la confianza
encendida cuando hace alzar la frente
y los labios sellar, como un castillo.
¡Rostros humanos, nada, ni un gota,
he derramado, todo lo conservo!
¡No negaré que yo he soñado (¡y cómo!)
ir más lejos con cada nuevo cuadro,
haciendo latir nuevos corazones,
y avanzar hacia el Papa o hacia el Kaiser,
al norte, al sur, al este y al oeste,
orondo, destinado a un gran Estado,
o alegremente a una ciudad humilde,
en un carro adornado con arreglos
florales que pasara por las viejas
calles rebautizadas por lo insigne
de la ocasión, hasta llegar a casa,
donde me saludaran con respeto
los sabios, y los jóvenes, su estrella
todavía difusa encima de ellos,
aprendieran rendidos a mis pies!
Vivir así, yo y mi pintura, juntos,
rodeados de alabanzas y de amor
hasta la muerte, y no ir después al cielo
sino quedarme acá, en la tierra mía
en donde todos fueran mis amigos…
¡Qué idea más osada y anhelada!
Pero una voz lo cambió todo; vi
destellos de esos sueños que me hicieron
temer, como quien ve por el resquicio
de la puerta un extraño rito idólatra.
El mundo no era más el mundo de antes:
mezclados con aquellos que yo amaba
y en quienes yo confiaba, se reunieron…
¿Quién convocó esos rostros que empezaron
fríamente a juzgar y examinarme?
Aunque me agazapé, como una monja
para que no la adviertan los soldados,
ellos me descubrieron y… ¡ya basta!
¡Éstos compran y venden nuestras obras,
las tratan como simple mobiliario
de la casa! ¡Donde ellos viven tienen
que vivir nuestros cuadros, ver sus caras,
oír su parloteo, ser partícipes
de su mínima vida, y ser juzgados:
“Éste me encanta y éste no, aquel
me gusta mucho y éste no me pega”!
Por eso yo elegí lo que elegí.
Si a veces se me ahoga el corazón
de pintar en los claustros y pasillos
esta idéntica serie de la Virgen,
el niño y san José, con una misma
mansa mirada buena, sé que al menos
mi corazón no es cosa del comercio.
Y sé que este santuario en su penumbra
mantendrá mis pinturas al resguardo
de las palabras vanas; solamente
las oraciones rompen el silencio
de la capilla mientras, opacándose
por el humo continuo de las velas,
mis pinturas se arruinan en los muros,
entre ecos que la luz nunca despierta…
¡Así que bien, pinturas mías, mueran,
muéranse dócilmente! Y tú, muchacho,
¿te alegra todavía que te alaben?
¿Conserva, si se sopla la trompeta
a fondo, su sonido puro de oro?
¿Te sabe dulce el agua así manchada?
Traducción de "St. Simeon Stylites" de Tennyson
Alfred Lord Tennyson
San Simeón el estilita
Por más que sea yo el más miserable
de los hombres -del cuero cabelludo
hasta los pies una sarnosa costra
de pecados, inepto para el cielo,
para la tierra inepto, apenas digno
de sumarme al ejército blasfemo
del demonio- no voy a abandonar
la esperanza que tengo de poder
santificarme, y no voy a dejar
de clamar, sollozando y suplicando,
asediando la puerta de los cielos
con tormentas de rezos y plegarias:
Señor, lava mi culpa, ten piedad.
Que todo esto resulte de provecho,
poderoso, temible, justo Dios,
que no sean en vano estas tres décadas
multiplicadas por retorcijones
de hambre y de sed, dolores, fiebres, frío,
calor, úlceras, toses y calambres.
Entre el prado y las nubes, como un signo
en esta alta columna he soportado
lluvias, vientos, heladas, humedades
y el granizo y la nieve; y yo creía
que a esta altura me habrías ya llevado
a tu bendita paz, dando a mis miembros
castigados la santa recompensa,
la túnica y la palma… Buen Señor,
no me malinterpretes, no me quejo:
sé que aunque mil dolores se apilaran
serían poca cosa comparados
al peso del pecado que aplastó
mi alma allanándola ante Ti.
                                                            Señor,
al principio, lo sabes, soportaba
esta carga mejor porque era fuerte,
saludable mi cuerpo: aunque mis dientes
-ya caídos por cierto- castañearan,
aunque mi barba helada refulgiese
a la luz de la luna, sobre el grito
del búho yo entonaba himnos y salmos,
y algunas veces vi, mientras cantaba,
que se acercaba un ángel a mirarme...
Ahora estoy viejo ya y mi fin se acerca,
se acerca ya por fin. Soy medio sordo,
apenas puedo oír el ajetreo
de la gente allá abajo, casi ciego,
así que no distingo las praderas
que conocí. El rocío ha carcomido
mis muslos. Sin embargo yo no voy
a dejar de clamar y suplicar
mientras consigan sostener mis vértebras
la cabeza gastada, hasta que caiga
desmembrado mi cuerpo de esta piedra:
sé piadoso, Señor, borra mi falta.
¿Si mi alma no se salva quién podrá
salvarse, oh buen Jesús? ¿Quién podrá ser
santificado si yo fallo? Muéstrame
a quien haya sufrido más que yo.
Solamente una muerte sufre el mártir
cuando es crucificado o apedreado,
o arrojado a las llamas o al aceite
o lo cortan en dos, pero yo muero
hoy, y a lo largo de los años, una
vida de muerte. No, no puede haber
una forma más lenta y dolorosa
(y con todo cuidado lo pensé)
de someter mi carne, esta morada
del pecado, que odio y que desprecio.
Nada le he escatimado, oh mi Dios.
Porque hubo más aún que esta columna
de penitencia: en el convento blanco,
allá en el valle, me ceñí la pelvis
con la soga del pozo varias vueltas
y de tan apretada era imposible
desatarla. Y a nadie se lo dije
hasta que al fin las llagas revelaron
mi secreto castigo, y mis hermanos
estaban admirados. Y hubo más
y más, y mucho más de todo eso.
Oh Dios, lo sabes bien: Tú sabes todo.
Durante tres inviernos -que mi alma
pueda elevarse a Ti- en la ladera
viví de una montaña, con la pierna
derecha encadenada a un gran peñasco.
Yacía entre unas piedras asperísimas
sin techo, muchas veces sumergido
en la niebla. Dos veces me alcanzó
el rayo, desmayándome. Lamía
las manchas de humedad para beber
y no comía, excepto que trajeran
alguna vez ofrendas las personas
que venían a mí para tocar
mi cuerpo y quedar sanos, y vivir.
Y dijeron que yo hacía milagros,
y se extendió mi fama entre los hombres.
Cánceres y parálisis sanados.
Sólo Tú sabes, Dios, si fue verdad.
¡Ay ten piedad, piedad! Borra mi falta.
Después, para poder estar aún más
en tu presencia a solas, por tres años
en lo alto viví de una columna
de tres metros, y luego otros tres años
en una de seis metros. Y dos veces
tres años luego en una de diez metros
de altura. Al fin, hace dos largas décadas
me vine a esta columna que se eleva
veinte metros del suelo.
                                                   Me parece
que soporté –o a lo mejor fue un sueño-
todo eso, sí, todo este largo tiempo,
si es que puedo medir cómo transcurre
el tiempo con aquella lenta luz
y este cuadrante que corona altísimo
mi dolor todavía.
                                   Y sin embargo
no lo sé a ciencia cierta, porque vienen
los diablos y me dicen “Simeón
es hora de rendirse: ya has sufrido
demasiado esta pena” y después charlan
de penitencias que no puedo haber
realizado, dejándome perplejo
con sus mentiras. Y a menudo caigo
en letargos, a veces por semanas,
en los que tierra, cielo y tiempo quedan
abolidos.
                     Igual, Tú considera,
Señor, que mientras Tú y todos los santos
se alegran en el cielo, y en la tierra
los hombres y mujeres en sus casas
al reparo se sientan junto al fuego
y disfrutan la cena sustanciosa
-y visten buenas ropas, abrigadas,
y hasta las bestias tienen sus establos-
yo de la primavera hasta el invierno
me inclino en mil doscientas reverencias
a Cristo y a los Santos y a la Virgen.
O en la noche, después de dormitar
un rato, me despierto: las estrellas
brillan frías y yo estoy empapado
de rocío, o cubierto por la helada.
Visto una piel de cabra ya raída,
un collar de animal de pastoreo
ciñe mi cuello, y yo, con estos débiles,
enflaquecidos brazos la cruz alzo
y voy a mantener este combate
contra Ti hasta que muera. ¡Oh ten piedad,
buen Señor, ten piedad! Lava mi culpa.
Tú sabes bien qué clase de hombre soy:
un pecador, nacido, concebido
y lleno de pecado.
                                   Es cosa de ellos,
no es mi falta, Señor, no me la imputes:
¿acaso soy culpable de que vengan
algunos a adorarme? ¡Ja, ja, ja:
se creen que valgo algo! Y yo ¿qué soy?
Ellos creen, inocentes, que soy santo,
traen ofrendas de frutas y de flores.
Y es que en verdad, lo sabes bien, Señor,
he soportado a fin de cuentas tanto
o más que muchos justos cuyos nombres
registra el santoral.
                                        Ay, buena gente,
no se arrodillen ante mí, ¿qué mérito
me asiste? Soy un pecador, y más
que ustedes. Puede ser que algún milagro
haya hecho, sí, que haya curado a algún
impedido o lisiado, ¿y qué hay con eso?
Puede que ni siquiera entre los santos
haya alguno que pueda equiparar
su dolor a los míos, ¿y eso qué?
Pero igual permanezcan de rodillas:
quizá al considerar mi caso quieran
quedarse arrodillados ante Dios.
Hablen: ¿Hay entre ustedes un lisiado?
Que diga lo que quiere. Ustedes saben
que algún poder quizá desde los cielos
recibo por mi larga penitencia.
Puedo curarlo, sí. Siento una fuerza
salir de mí. Ellos dicen que han sanado.
Gritan: “san Simeón, el estlita”.
¡Si eso es verdad, es que Dios cosecha el fruto
en mí! ¡Cosecha el fruto de mi alma!
Si es así, ¿puedo acaso hacer milagros
y no ser salvo? Creo que de nadie
se dijo nunca eso. Fueron santos.
Quiere decir que voy a ser salvado.
Gritan “miren al santo” y otras voces
lejanas me lo dicen desde el cielo.
¡San Simeón, coraje! de esta opaca
crisálida comienzan a asomar
alas brillantes que se extenderán
más y más antes de la muerte, porque
Dios ha blanqueado todo mi prontuario.
Hijos, yo, Simeón de la columna,
llamado “el estilita” entre los hombres,
yo, Simeón, vigía en esta torre
hasta el final, yo Simeón a quien
le calcina la luz del sol los sesos,
a quien la helada en horas silenciosas
dibuja con su escarcha las dos cejas
que se encuentran del todo despobladas,
desde mi penitente nido afirmo
que Pilatos y Judas, a mi lado,
parecían hermosos serafines.
Yacía en la inmundicia como un odre
henchido de pecado: y el infierno
me hacía hervir, debajo. Los demonios
tironeaban de mí. Fui capturado
por Asmodeo y Abaddón. La cruz
fue el arma con la cual los rechacé
pero ellos regresaron, como monos
monstruosos oprimían mis costillas
cuando estaba acostado y apagaban
bruscamente la luz mientras leía,
surgían de improviso sus carotas
entre mi libro y yo, con sus chillidos
de cerdo y con relinchos espantosos
interrumpían mis plegarias, pero
este estrecho camino estaba libre
y me les escapé. Hijos, mortifiquen
su carne, como yo he hecho, con azotes
y espinas. Mortifíquense sin pausa,
sin miramientos. Si es posible, ayunen
durante toda la Cuaresma, y recen.
Yo apenas, lentamente, paso a paso,
y con mucho dolor, pude sortear
esas fosas de fuego que crepitan
aún en mis oídos. Sin embargo
no me alaben: fue Dios, por su bondad,
el que juzgó adecuado este camino,
entre los Principados de este mundo,
para ponerme por ejemplo, y pocos
pueden seguirlo.
                                  Y ya se acerca el tiempo
-dentro de poco, sí, ya sus pisadas
resuenan en la escala del umbral-
se acerca el tiempo, digo, en el que ustedes
podrán rendirme culto sin reproche,
porque yo he de dejar en esta tierra
mis reliquias, y ustedes construirán
encima de mis restos un santuario,
y quemarán incienso ante mis huesos,
cuando yo esté en la gloria con los santos.
Mientras esto decía, de repente
un ramalazo agudo de dolor
me recorrió abatiéndome, una especie
de niebla se cernió sobre mis ojos
gastados. Es el fin. Es el final
sin duda, ¿Y eso, qué es? Es una vaga
forma, un destello brusco de la luz…
¿Es un ángel, sostiene una corona?
Bendito hermano, acércate, conozco
tu rostro centellante. Te he esperado
largo tiempo, mis sienes ya están listas.
¡Cómo! ¿Vas a negármela? Imposible.
Ven, acércate más… ¡Voy a tomarla!
¡Cristo! Se fue… Ahora vuelve… ¡La corona!
He sido coronado y me parece
que siento ya el rocío de los cielos:
es nardo dulce, dulce incienso, bálsamo.
No dejen, dulces santos, que me engañe:
confío en que estoy apto para el cielo.
Díganme si hay un sacerdote allí
entre ustedes. Que arrime una escalera
y suba hasta mi aérea casa a darme
el Santo Sacramento, profetizo
-el Espíritu Santo me lo dice-
que moriré a las doce menos cuarto
de esta noche.
                                 Y Tú, Señor, ayuda
a este insensato pueblo, que le sirva
mi ejemplo, guíalos hasta tu luz.
Acá en inglés, y bastante bien dramáticamente leído.
Acá otra traducción en este blog de un monólogo dramático de Tennyson.
Walt Whitman
Al comenzar con mis estudios
Al comenzar con mis estudios, el primer paso me dio tanto placer
(que hubiera una conciencia, y estas formas, el poderoso movimiento,
el más ínfimo insecto o animal, los sentidos, la vista y el amor),
me dio tanto placer, como decía, el primer paso, tanto me obnubiló,
que casi no he avanzado desde entonces y apenas tuve ganas de avanzar.
Prefiero demorarme a cada rato y vagar sin apuro
y cantar mi placer en canciones extáticas.
Walt Whitman
No me cierren sus puertas
No me cierren sus puertas, altivas bibliotecas,
porque lo que faltaba en sus repletos anaqueles, y que más necesitan, yo lo traigo.
Porque recién salido de la guerra hice este libro.
Y las palabras de mi libro no son nada, pero lo es todo su corriente.
Un libro aparte, distinto a los demás, un libro que no busca seducir al intelecto,
pero que las conmoverá con la latencia oculta en cada una de sus páginas.
Traducción: viejo hermoso Walt Whitman
Lleno de vida, ahora…
Lleno de vida, ahora, yo, compacto, visible,
a mis cuarenta años, en el año ochenta y tres de los Estados,
para vos, en un siglo o muchos siglos, para vos
que aún no naciste, estos versos, buscándote.
Cuando vos leas esto, yo ya seré invisible;
Y ahora sos vos, compacto y visible, el que entiende
estos poemas y me busca, pensando en que serías feliz
si yo estuviera ahí y fuera tu amigo.
Hacé como que estoy ahí (no estés demasiado seguro, pero yo estoy con vos ahora).
Traducción: viejo hermoso Walt Whitman
Walt Whitman
Cuando escuché al astrónomo erudito
Cuando escuché al astrónomo erudito,
cuando miré las pruebas y las cifras dispuestas en columnas frente a mí;
cuando mostraron mapas y diagramas, mediciones y cálculos y sumas;
cuando desde mi asiento oí la conferencia del astrónomo y el resonante aplauso de la sala,
me sentí de repente asqueado y aturdido,
y logré escabullirme y me fui a caminar sin rumbo fijo
en el húmedo aire místico de la noche
y de a ratos miraba en silencio hacia arriba las estrellas.
Uno de W.B. Yeats
W. B. Yeats
Le habla a su corazón pidiéndole que no se asuste
Tranquilo, vos tranquilo, inquieto corazón,
no te olvidés de las canciones del pasado:
El que tiembla ante el fuego y ante la inundación
y ante el viento que sopla en los caminos estrellados
que deje que las llamas y las aguas y el viento
lo cubran y lo oculten, porque no ha de ser miembro
de nuestra solitaria multitud majestuosa.
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