Poemas: cuatro caballos

César Mermet


Los tres caballos

Musgosamente mudo belfo
con tacto manso empuja fina sombra,
morro fofo arremanga húmedo labio,
ollares ciegos resoplan vida cálida,
enorme y descendida la cabeza busca
en ralo pasto parvo viento.
Y desde siempre por los dientes sigue
prendido a su condena,
caballo como eterno y como sueño.

Con amarilla casi risa pace
las tenues puntas de germinante noche,
zambullido hociquea una obediencia lenta,
perenne mordisquea,
agobiado y culpable del color menguante
creciente eclipse pasta,
la panza hueca abomba.

Pobre, sin gozo, grave, el hambre laboriosa
sapiente y derrotada, es su mandato gacho
que a inexorable compás cumple, masca y traga,
acendrado, distraído, ajeno
a la deglutición solemne del gañote,
sangra una baba verde sobre la negra tierra
que con miope oteo lee,
mientras sus siderales, somnolientos ojos
giran, saben, ignoran y rechazan
en el convexo fasto negro
que una lagaña miserable llora.

En la comba equidad de la mirada
espejan dos, soñados, sus prójimos remotos
en otras dos regiones del vacío
también desagotando aviesa noche.
Ve el caballo y cree verse
alguno de los dos caballos solos
en condoliente compañía
triscar mínimamente cuantioso mal raigal,
masticar con fracaso sometido
la enferma luz que duele en los confines,
mientras el retumbante nublo
rodando cúpula en morados duros
suspende tardo fin, castigo en vilo.

Vasta es la verde nada y poco
el mucho ramonear insomne de las bestias,
la tanta beatitud que nunca basta.

Nunca podrán, cómo podrán los tres,
los solamente tres
caballos para tal designio,
salvar la poca luz de la raíz sombría,
arrancar hondo trueno a tierra dura
y antes que la reptante luna roja ascienda y reine
devorar soledad, contrapesar ausencia,
transformar devoción en el que falta,
hacer luz con su víspera caída,
comulgar la llanura irredimible.

La redención, con todo, es inminencia clara
sobre el flaco alentar acompasado
del costillar de nave exhausta,
en la hondonada abrupta
entre rengos omóplatos portantes
y en la alta cruz pelada
de la que pende y pesa cuello a tierra,
de donde un tordo de la guarda vuela y queda
el aura que en la culpa
prende y obliga a los vencidos más amados
a comerse sus hambres desabridas,
la perversa limosna pululante,
la rápida gramilla pavorosa,
la aventajada luna oculta,
la falta desbordada, la cólera madura,
el rayo inevitable.


Gonzalo Rojas

Al fondo de todo esto duerme un caballo

Al fondo de todo esto duerme un caballo
blanco, un viejo caballo
largo de oído, estrecho de
entendederas, preocupado
por la situación, el pulso
de la velocidad es la madre que lo habita: lo montan
los niños como a un fantasma, lo escarnecen, y él duerme
durmiendo parado ahí en la lluvia, lo
oye todo mientras pinto estas once
líneas. Facha de loco, sabe
que es el rey.