Traducción: Un poema de Ted Hughes


Ted Hughes

Las grutas de Karlsbad

Habíamos visto los murciélagos en las cuevas de Karlsbad
como un espeso hollín enmarañado en chimeneas
más grandes que una catedral. Éramos puntos

en el horizonte de su mundo completo
y su vida exclusiva.
Probablemente todo el grupo era feliz -

Tan felices que no sabían que lo eran,
tan ocupados en su felicidad, tan satisfechos,
colgando boca abajo en sus cielos de piedra.

Miramos los relojes. Los primeros murciélagos,
puntuales, empezaron a soltarse y dar vueltas
en la boca gigante de la gruta

que era el escenario donde se presentaban.
Y esos primeros parpadeantes se espesaron en millones
hasta el momento en que en ebullición la masa crítica

se soltó del imán bajo la tierra. Y comenzaron a salir
como humo derramándose en oleadas.
Duró una media hora. Un torrente invertido

de miles y millones de murciélagos. Un dragón
de humo que salía por el ojo de una cerradura terrestre,
una serpiente alada contorsionándose hacia el sur

en dirección al Río Grande
en donde cada noche capturaban toneladas de insectos -
Seis toneladas dijo alguien.

Y así era y así tenía que ser.
Como todas las noches desde quién sabe cuándo,
un mecanismo tan perfecto como el de sus radares.

No estábamos seguros si pasar ahí la noche o irnos.
Estábamos en donde nunca habíamos estado,
turistas – visitándonos aun a nosotros mismos.

Los murciélagos eran una parte de la maquinaria solar,
ligada al mecanismo de las flores
por el de los insectos. Y su propósito

aceitaba la lógica infalible de la tierra.
Un requisito cósmico – con alas de demonio.
Un severo reproche por nuestra tibia participación.

Ideas como éstas nos rondaban cuando alguien gritó
-el dragón de murciélagos se retorcía- “¡ahí vienen de nuevo!”.
Y miramos y vimos

por entre los murciélagos un conjunto de nubes
como hongos de tormenta que hacía centellear su cortinado
sobre el río. Tenían un problema los murciélagos.

Con las alas plegadas como paraguas sobre sus cabezas
se zambulleron raudos desde el cielo
nuevamente a la gruta. Todos ellos,

el vasto cuerpo deshilachado del genio
se metía en la lámpara. Y al sur
la tormenta fulgía y se arrastraba como una guerra.

Esos murciélagos tenían los ojos bien abiertos.
A diferencia de nosotros,
sabían cómo y cuándo salirse del amor
que mueve el sol y las demás estrellas.