Dos poemas con concepción y aborto


César Mermet

Honrosa servidumbre

Agasajos al árbol.
Alabanzas al buen sueño de la savia y a la lúcida labor de la rama.
Serás creída.
Presentas tibia prueba de haber estado atenta
y obediente en el sitio de reposo necesario,
entre la sangre terrestre y el vertiginoso cielo.

Pero fuiste tan diligente como mansa, tan entregada como hábil.
Y tu docilidad fue tenaz y madura en sacrificio astuto,
como el absorbente valle;
como la penetrante ceguera de la planta,
que sepulta su voluntad abriéndose sin embargo
a la próspera libertad respiratoria de los ramos.

De la honda paciencia de la nada, con nada más que espera,
salvaste esta avidez redonda, que de sí misma crece,
y que colocas en el dominio del sol,
como ofreciéndola, pero protegiéndola,
ya que bien sabes que su paternal generosidad desgasta.

Porque supiste, también tú, contener entre tus manos sin que se derrame,
tu creencia, un hueco con sazón que reverbera,
porque un instante de mortal deslumbramiento
has colocado con éxito en la órbita
del tiempo, y en la propia velocidad del sueño
has cavado redondamente con tus palmas,
el cuerpo de tu amor, palpable.

Y aunque esto que dichosamente depositas sobre la luz
tal vez no sea más que el efímero tamaño del aire
que dos manos abarcan,
en lo alto de una danza,
pero porque has hecho lo que todas, antes,
que su pequeñez se viera como un sitio más brillante
que el resto del brillante pero ciego día,
porque has puesto esperanza en un ligero punto de la vida,
ten tu peso en respeto.

Y eres ahora cabal como tu fruto
y sin embargo estás cargada de futuro,
ahora que te has aliviado de la gravidez de una deuda.

Tal vez te sientes horizonte redondo

y un ámbito de benigno porvenir para tu niño.
Y sin embargo es él quien te rodea, inaugurándote.

Procura no agobiar con una sombra posesiva
esta libertad que te depositan
ni loarte por esta imposición con que el destino
te carga, como una honrosa servidumbre.

No terminan de regalarte la tierra.
La tierra termina de conchabarte como a una de las dulces criadas de su séquito.

Enséñale sobre todo a cantar, antes del amor y después de la guerra.



Silvio Mattoni

Es cierto que fui yo la que tiré…

Es cierto que fui yo la que tiré
del telón, pues no podía tolerar
mi propio secreto oscuro. Dije
lo que hice, pero me concedí
un sombrío cortejo: dos delgadas
y alegres mujeres que pudieron
hacerlo también. ¿Quién sabría
decir si fue un efecto
del sufrimiento que las envolvía?
Mis ventajas están en que yo hablo
y me quejo de una fatalidad,
donde el dolor se vuelve casi
una forma del deseo. Entonces
rindo homenaje a mi destino amargo.
Cuando fui a ese lugar que simulaba
la blancura de la asepsia, me apoyé
en los hombros de una amiga;
sus huesos que parecían salirse, su
temblor, me mostraron que yo
la hubiera podido salvar, a ella,
y que al ceder a mi martirio
la condenaba conmigo. Pero ahora
mi tristeza relumbra entre las noches
y los mentirosos días. Después volví
a mi pieza a llorar como si el cuerpo
tuviera una extensión de lo que hago.
Íbamos sobre sombras que mojaba
la lluvia, pisando unos fantasmas
sin rostro. Si pienso en ellos
y en el coro que formábamos las tres,
me pregunto qué nombres, qué sexo
les hubiéramos puesto. ¿Cómo
enumerar eufonías y alfabetos,
genealogías y caprichos, cómo
hacerlo sin recordar la pesadez
de esa anestesia que llamó al secreto?