En Neruda lo muerto sigue vivo



Pablo Neruda


Oda a un gran atún en el mercado

En el mercado verde,
bala
del profundo
océano,
proyectil
natatorio,
te vi,
muerto.

Todo a tu alrededor
eran lechugas,
espuma
de la tierra,
zanahorias,
racimos,
pero
de la verdad
marina,
de lo desconocido,
de la
insondable
sombra,
agua
profunda,
abismo,
sólo tu sobrevivías,
alquitranado, barnizado,
testigo
de la profunda noche.
Sólo tú, bala oscura
del abismo,
certera,
destruida
sólo en un punto,
siempre
renaciendo,
anclando en la corriente
tus aladas aletas,
circulando
en la velocidad
en el transcurso
de
la
sombra
marina
como enlutada flecha,
dardo del mar,
intrépida aceituna.

Muerto te vi,
difunto rey
de mi propio océano,
ímpetu
verde, abeto
submarino,
nuez
de los maremotos,
allí,
despojo muerto,
en el mercado
era
sin embargo
tu forma
lo único dirigido
entre
la confusa derrota
de la naturaleza:
entre la verdura frágil
estabas
solo como una nave,
armado
entre legumbres,
con ala y proa negras y aceitadas,
como si aún tú fueras
la embarcación del viento,
la única
y pura
máquina
marina:
intacta navegando
las aguas de la muerte.



Oda al algarrobo muerto

Caminábamos desde
Totoral, polvoriento
era nuestro planeta;
la pampa circundada
por el celeste cielo:
calor y clara luz en el vacío.
Atravesábamos
Barranca Yaco
hacia las soledades de Ongamira
cuando
tendido sobre la pradera
hallamos un árbol derribado,
un algarrobo muerto.

La tempestad
de anoche
levantó sus raíces
argentinas
y las dejó crispadas
como una cabellera de frenéticas crines
clavadas en el viento.

Me acerqué y era tal
su fuerza herida,
tan heroicas sus ramas en el suelo,
irradiaba su copa
tal majestad terrestre,
que cuando
toqué su tronco
yo sentí que latía
y una ráfaga
del corazón del árbol
me hizo cerrar los ojos
y bajarla cabeza.

Era duro y arado
por el tiempo, una firme
columna trabajada
por la lluvia y la tierra,
y como un candelabro repartía
sus redondeados
brazos de madera
desde donde
luz verde y sombra verde
prodigó a la llanura.

Al algarrobo
duro, firme
como
una copa de hierro,
llegó
la tempestad americana,
el aquilón
azul
de la pradera
y de un golpe de cielo
derribó su hermosura.

Allí quede mirandolo que hasta ayer
enarboló
rumor silvestre y nidos
y no lloré
porque mi hermano muerto
era tan bello en muerte como en vida.

Me despedí. Y allí quedó
acostado
sobre la tierra madre.

Dejé al viento
velándolo y llorándolo
y desde lejos vi
que
aún
acariciaba su cabeza.