Dos cansancios de Oliverio Girondo


O. Girondo


Cansancio

Cansado
¡Si!
Cansado
de usar un solo brazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.
Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.

Cansado.
¡Si!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.

Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.




Cansancio

Y de los replanteos
y recontradicciones
y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado
y de los repropósitos
y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables
y del revés y del derecho
y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios
y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos
recansado de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos
repletamente cansado de tanto retanteo y remasaje
y treta terca en tetas
y recomienzo erecto
y reconcubitedio
y reconcubicórneo sin remedio
y tara vana en ansia de alta resonancia
y rato apenas nato ya árido tardo graso dromedario
y poro loco
y parco espasmo enano
y monstruo torvo sorbo del malogro y de lo pornodrástico
cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos
de tanto error errante
y queja quena
y desatino tísico
y ufano urbano bípedo hidefalo
escombro caminante
por vicio y sino y tipo y líbido y oficio
recansadísimo
de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea
y de la revirgísima inocencia
y de los instintitos perversitos
y de las ideítas reputitas
y de las ideonas reputonas
y de los reflujos y resacas de las resecas circunstancias
desde qué mares padres
y lunares mareas de resonancias huecas
y madres playas cálidas de hastío de alas calmas
sempiternísimamente archicansado
en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio
remeditativo o remetafísico y reartístico típico
y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua
y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas
y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras
simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento
y al silencio




Dos sonetos de Borges a escritores



J.L. Borges


Emerson

Ese alto caballero americano
cierra el volumen de Montaigne y sale
en busca de un goce que no vale
menos: la tarde que ya exalta el llano.
Hacia el hondo poniente y su declive,
hacia el confín que ese poniente dora,
camina por los campos como ahora
por la memoria de quien esto escribe.
Piensa: leí los libros esenciales
y otros compuse que el oscuro olvido
no ha de borrar. Un dios me ha concedido
lo que es dado saber a los mortales
por todo el continente anda mi nombre.
No he vivido. Quisiera ser otro hombre.



Un soldado de Urbina

Sospechándose indigno de otra hazaña
como aquella en el mar, este soldado,
a sórdidos oficios resignado,
erraba oscuro por su dura España.

Para borrar o mitigar la saña
de lo real, buscaba lo soñado
y le dieron un mágico pasado
los ciclos de Rolando y de Bretaña.

Contemplaría, hundido el sol, el ancho
campo en que dura un resplandor de cobre;
se creía acabado, solo y pobre,

sin saber de qué música era dueño;
atravesando el fondo de algún sueño,
por él ya andaban don Quijote y Sancho.


Animalia: jaguar y colibrí


Francisco Madariaga


Llegada de un jaguar a la tranquera

Desciende, agua criolla.
Paraje, desciende, ¡pero muy bien montado!,
con apero del oro de las guerras
y los rodeos en llanuras gateadas.

Espartillo, áspera y delicada cabellera del terror correntino,
canta tu canción de hada de llanura.

Desciende, palmeral del borde del estero,
para beber la luminaria caída de la tormenta de la raza.

Entrégate, oh el antiguo, ex-guerrero, ahora
cuatrero, vengador de la estancia delicada,
solitaria en el llano del llanto,
llano del aguacero,
y pon tu estribo de oro y de reserva
para bajar a beber miel y estero:
Que ha llegado un jaguar a la tranquera.



Pablo Neruda


Oda al picaflor

Al colibrí,
volante
chispa de agua,
incandescente gota
de fuego
americano,
resumen
encendido
de la selva,
arco iris
de precisión
celeste:
al picaflor,
un arco,
un
hilo
de oro,
una fogata
verde!

Oh
mínimo
relámpago
viviente,
cuando
se sostiene
en el aire
tu estructura
de polen,
pluma
o brasa,
te pregunto
qué cosa eres,
en dónde
te originas?

Tal vez en la edad ciega
del diluvio,
en el lodo
de la fertilidad,
cuando
la rosa
se congeló en un puño de antracita
y se matricularon los metales,
cada uno en
su secreta
galería,
tal vez entonces
del reptil
herido
rodó un fragmento,
un átomo
de oro,
la última
escama cósmica, una
gota
del incendio terrestre
y voló
suspendiendo tu hermosura,
tu iridiscente
y rápido zafiro.

Duermes
en una nuez,
cabes en una
minúscula corola,
flecha,
designio,
escudo,
vibración
de la miel, rayo del polen,
eres
tan valeroso
que el halcón
con su negra emplumadura
no te amedrenta:
giras
como luz en la luz,
aire en el aire,
y entras
volando
en el estuche húmedo
de una flor temblorosa
sin miedo
de que su miel nupcial te decapite.

Del escarlata al oro espolvoreado,
el amarillo que arde,
a la rara
esmeralda cenicienta,
al terciopelo anaranjado y negro
de tu tornasolado corselete,
hasta el dibujo
que como
espina de ámbar
te comienza,
pequeño ser supremo,
eres milagro,
y ardes
desde
California caliente
hasta el silbido
del viento amargo de la Patagonia.

Semilla de sol
eres,
fuego
emplumado,
minúscula
bandera
voladora,
pétalo de los pueblos que callaron,
sílaba de la sangre enterrada,
penacho
del antiguo
corazón
sumergido.

Tres poemas con la Virgen María


Francisco Luis Bernárdez

Soneto del Dulce Nombre

Si el mar que por el mundo se derrama
tuviera tanto amor como agua fría,
se llamaría, por amor, María
y no tan sólo mar, como se llama.

Si la llama que el viento desparrama,
por amor se quemara noche y dia,
esta llama de amor se llamaría
María, simplemente en vez de llama.

Pero ni el mar de amor inundaría
con sus aguas eternas otra cosa
que los ojos del ser que sufre y ama,

ni la llama de amor abrasaría,
con su energía misericordiosa,
sino el alma que llora cuando llama



Fray Luis de León

Oda a Nuestra Señora
(versión)


Virgen, que el sol más pura,
gloria de los mortales, luz del cielo;
Virgen, en cuyo seno
halló la deidad digno reposo;
Virgen y madre junto,
de tu Hacedor dichosa engendradora,
a cuyos pechos floreció la vida;
Virgen, del sol vestida,
de luces eternales coronada,
que huellas con divinos pies la luna;
Virgen, del Padre Esposa,
dulce Madre del Hijo, templo santo
del inmortal Amor, del hombre escudo;
Virgen, que al alto ruego
no más humilde sí diste que honesto;
Virgen, lucero amado,
en el mar tempestuoso clara guía;
Virgen, no enficionada
de la común mancilla y mal primero,
que al humano linaje contamina;
los ojos vuelve al suelo
y mira un miserable en cárcel dura,
cercado de tinieblas y tristeza.
Virgen, el dolor fiero
añuda ya la lengua, y no consiente
que publique la voz cuanto desea,
mas oye tú al doliente
ánimo, que contino a ti vocea.



Héctor Viel Temperley

Santa Reina de los misterios del rosario del hacha...

Santa Reina de los misterios del rosario del hacha y de las brazadas lejos del espigón: Ruega por mí que estoy en una zona en donde nunca había anclado con maniobras de Cristo mi cabeza.




Poemas: Animalia I


Leopoldo Lugones:


El león cautivo

Grave en la decadencia de su prez soberana,
sobrelleva la aleve clausura de las rejas,
y en el ocio reumático de sus garras ya viejas
la ignominia de un sordo lumbago lo amilana.

Mas a veces el ímpetu de su sangre africana
repliega un arrogante fruncimiento de cejas,
y entre el huracanado tumulto de guedejas
ennoblece su rostro la vertical humana.

Es la hora en que hacia el vado, con nerviosas cautelas,
desciende el azorado trote de las gacelas,
bajo la tiranía de atávicos misterios.

La fiera siente un lúgubre influjo de destino,
y en el oro nictálope de su ojo mortecino
se hastía una magnánima desilusión de imperios.



Jorge Luis Borges


El bisonte

Montañoso, abrumado, indescifrable,
rojo como la brasa que se apaga,
anda fornido y lento por la vaga
soledad de su páramo incansable.
El armado testuz levanta. En este
antiguo toro de durmiente ira,
veo a los hombres rojos del Oeste
y a los perdidos hombres de Altamira.
Luego pienso que ignora el tiempo humano,
cuyo espejo espectral es la memoria.
El tiempo no lo toca ni la historia
de su decurso, tan variable y vano.
Intemporal, innumerable, cero,
es el postrer bisonte y el primero.



Juan L. Ortiz


Diana

Tenías una pureza tal
de líneas,
que emocionabas.
¿Desde dónde venían
tu fuerte pecho,
tus remos finos,
tus nervios vibrantes,
y esos ojos sesgados,
húmedos de una inteligencia
casi humana?

¿Desde dónde tus gentiles actitudes,
esa manera tuya, aguzada, de echarte,
y ese silencio,
y esa suavidad felinos,
acaso llenos de visiones,
que ennoblecían las alfombras,
y daban la inquietud de un alma,
un alma gótica encarnada en ti?

Oh, ya hubieran querido muchos hombres
tu auténtica aristocracia.
Fuerza contenida
que raras veces temblaba
en tu latido profundo.

Y eras a la vez humilde y tímida,
y sensitiva,
lo que no impedía que te disparases con impulso heroico
cuando tu instinto se abría como una fiesta sobre el campo.

Recuerdo, recuerdo...
¿Qué compañía mas discreta que la tuya?
En el atardecer
íbamos
a la orilla del río.
La cabeza baja,
apenas si pisabas.
Yo casi no respiraba.
Oh, vuelos últimos en la palidez hechizada!
Yo me sentaba en la barranca.
Tú te tendías a mi lado,
el hocico hacia el río,
esculpida en un gesto de caza hacia las estrellas del abismo.
¿Era hacia las llamas tímidas del abismo?

Temblaba tu hocico,
me mirabas,
y caías de nuevo en el éxtasis.
Acaso, al fin, eran tu presa
las imágenes
con que yo volvía luego:
tímidas, asustadizas,
de piel suave,
pero de mirada pura,
como la de tus liebres, oh Diana,
ida ya para siempre,
con mucho de mi alma y de mi casa.


Traducción: un poema de W.B. Yeats


W.B. Yeats


Leda y el cisne

De pronto irrumpe un aleteo poderoso
ante la joven frágil; palmadas patas negras
acarician los muslos, el pico ase la nuca;
se impone el pecho sobre los pechos indefensos.

¿Cómo apartar con dedos finos y aterrados
esa gloria emplumada de sus muslos vencidos?
¿Y cómo no escuchar, caída en blanca furia,
el raro corazón que late sobre ella?

Un estremecimiento genital engendra
el muro que caerá, las llamas en los techos,
Agamenón asesinado.
                         Así atrapada,
conquistada por la brutal sangre del cielo,
¿Habrá entendido qué poder actuaba en ella
antes que la soltara el pico indiferente?

Tres elegías tremebundas



César Fernández Moreno a su padre

La tierra se ha quedado negra y sola

La tierra se ha quedado negra y sola:
que el viento con gran aliento expire
y que la mar no mueva ni una ola.

Fernández Moreno, el Viejo

ah tú querías esta eternidad
pero querías más las niñas de tus ojos
reír y sonreír
los valses la mujer
vivir al descuido cada minuto
recordarlo después con rigor implacable
palpar la materia su vida febril oculta
afirmarte sobre la vereda
y fatigar la selva de baldosas
con un movimiento de conquista

pero ya tenías mucha soledad
de pronto se te puso perfecta
he aquí las cosas huérfanas como yo
tus hijas, mis hermanas
cómo escuchar una bocina
fiesta exclusiva para tus tímpanos

una cucharita me hace llorar
una tranquerita me parte el alma
dios me libre de la calle Florida

cómo estrellas sin tu retina
dónde están tus sentidos
la célula central en que desembocan
el nervio que volvía derecho a la mano
la mano que escribía sobre cualquier mesa

yo no puedo aguantar que hayas estado vivo
el tiempo es demasiado tolerante
los padres no debieran adentrarse tanto en la edad de sus hijos
deberían morir al principio
o bien no morir nunca
por qué dividir así una vida
ser hijo durante tantos años
y de pronto no
proyectado de pronto hacia fuera
trastabillar enceguecido
irse de espaldas

yo no tengo la obligación de estar muerto
ya lo sé pero cómo pude
haber sido tan distinto
tu hijo y no tú mismo
qué lejos nos pusieron
yo debí haber nacido contigo y no de ti
haber llegado juntos a la adolescencia
hubiéramos vivido en aquel Chascomús
jóvenes médicos los dos
recorriendo de noche las huellas apartadas
rompiendo al caminar los opacos terrones
tras el alambrado de un hilo
la masticación musical de un caballo
el club social lejano insistía con sus luces

tu querías un hijo literal una astilla pura
un hijo como un órgano como un miembro
y yo hubiera querido
yo quiero ser ahora ese órgano y ese miembro
ahora que pasa esto
esta burda diferencia
yo vivo y tú no vives
explícame ahora perdóname ahora
estas imágenes que se me forman en los ojos
esta piel que se me besa con el mundo
esta respiración que se me mueve en el pecho
perdóname cada mañana por despertar
por beber
por mi garganta en el momento supremo
en que se cierra sobre cada sorbo
perdóname este discurso
tú querías que te cantara las canas
y ya ves te canto los huesos
de nuevo llego tarde

¿nunca te volverá a tomar el pulso
yo no detallarás mis hijas en sílabas contadas
nunca más jugaremos al póquer y pedirás tres
no caminaremos hasta Rivadavia bajo los plátanos
no competirás conmigo en estar enamorado
nunca te quedarás agarrotado de angustia
y yo me voy con Claudio a ver una película musical
nunca vendremos solos a Buenos Aires en verano
ni exploraremos las demoliciones
nunca me volverás a tomar el pulso
y resolverás que falte al colegio
no me regalarás aquel librito rojo
donde Robinson construye una chalupa
no deberé jugar despacio mientras duermes la siesta
ni me cortarás el pelo por primera vez
ya no me comprarás aquella cuna de mimbre
nunca me engendrarás?

esto es nacer ya soy un hombrecito
terminé de crecer estoy cabal
ya soy puro principio y fin
sin intermediario con lo anterior
sin mediador con lo siguiente
la vida tiene en mí su punto de partida
y la muerte su punto de llegada
ahora me toca a mí nadie se me adelante
en seguidita voy
la muerte no es tan práctica
no hay otra forma de achatar el tiempo



Miguel Hernández a un amigo


Elegía a la muerte de Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Y volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero.



José Ángel Valente a su hijo


Sobredosis para un amanecer lunar

¿A la celebración de qué,
con qué llamada
no supimos llamarte?

La aguja cuelga
erecta y flácida a la vez
del encallado hilo de la sangre.

Árido alarido lunar, tu cuerpo.

Palidecen aciagos los orines
en los retretes del amanecer.
Orinamos el llanto.

Qué súbita explosión
de muchas llamas juntas
definitivamente heladas.

Los bancos de los parques solitarios
como ataúdes sin amarras
se desprenden sin fin.
                                      Florece
la hiriente flor aguda de la muerte.

Soledad de tu cuerpo.
                           Deja,
deja que llore,
deja que llore el llanto;
el llanto ritual de las cucharas,
el llanto ritual de las agujas,
el llanto ritual de tu cuerpo arrasado.
¿Para qué?
                Amanece,
si pudiera a esta pétrea luz parada
llamarse amanecer.
                        Amanecemos
a la acumulación oscura de tus muertes,
de tus multiplicadas muertes solitarias,
y a nuestro propio desengendramiento
para siempre y aquí.