Retornan al terruño y pegan.



Ramón López Velarde


El retorno maléfico

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.

Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura,
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entornando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?»

Y yo entraré con pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribillo plañidero.

Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que bañábase mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba;
mi sed de amar será como una argolla
empotrada en la losa de una tumba.

Las golondrinas nuevas, renovando
con sus noveles picos alfareros
los nidos tempraneros;
bajo el ópalo insigne
de los atardeceres monacales,
el lloro de recientes recentales
por la ubérrima ubre prohibida
de la vaca, rumiante y faraónica,
que al párvulo intimida;
campanario de timbre novedoso;
remozados altares;
el amor amoroso
de las parejas pares;
noviazgos de muchachas
frescas y humildes, como humildes coles,
y que la mano dan por el postigo
a la luz de dramáticos faroles;
alguna señorita
que canta en algún piano
alguna vieja aria;
el gendarme que pita...
...Y una íntima tristeza reaccionaria.




César Vallejo


LXI

Esta noche desciendo del caballo,
ante la puerta de la casa, donde
me despedí con el cantar del gallo.
Está cerrada y nadie responde.

El poyo en que mamá alumbró
al hermano mayor, para que ensille
lomos que había yo montado en pelo,
por rúas y por cercas, niño aldeano;
el poyo en que dejé que se amarille al sol
mi adolorida infancia... ¿Y este duelo
que enmarca la portada?

Dios en la paz foránea,
estornuda, cual llamando también, el bruto;
husmea, golpeando el empedrado. Luego duda
relincha,
orejea a viva oreja.

Ha de velar papá rezando, y quizás
pensará se me hizo tarde.
Las hermanas, canturreando sus ilusiones
sencillas, bullosas,
en la labor para la fiesta que se acerca,
y ya no falta casi nada.
Espero, espero, el corazón
un huevo en su momento, que se obstruye.

Numerosa familia que dejamos
no ha mucho, hoy nadie en vela, y ni una cera
puso en el ara para que volviéramos.

Llamo de nuevo, y nada.
Callamos y nos ponemos a sollozar, y el animal
relincha, relincha más todavía.

Todos están durmiendo para siempre,
y tan de lo más bien, que por fin
mi caballo acaba fatigado por cabecear
a su vez, y entre sueños, a cada venia, dice
que esta bien, que todo está muy bien.

Insisten en su amor fallido. Y penan.



Garcilaso de la Vega


Soneto XXXVI

Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh, cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh, cuántas esperanzas lleva el viento!


¡Oh, cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.


Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.


Aqueste es el deseo que me lleva
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.




Miguel Hernández


Como el toro he nacido para el luto...

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto

todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

Dos poemas con primera del plural y vida y muerte



Rubén Darío

Lo fatal

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...



Joaquín Gianuzzi

Y bien, morimos

Y bien, morimos.
Millones de años
para la muerte, para una dignidad
extraña, en cierto modo
ajena. Pero el tema es más ambicioso
que el pensamiento
y se pudre allí mismo.
Quizás hay un error
de pespectiva en todo esto;
especulaciones, sistemas,
estructuras mentales
y el terror debajo. Pero antes
hemos pedido vino
y marchitas
vimos caer las uvas.
Morimos,
algo extraño,
pero siempre después.
Y sin embargo hay hombres,
hombres en todas partes,
sobre todo en la tierra.
Multitudes, máquinas,
cerebros secos al amanecer,
el viento, una rosa en la mesa
y café. Todo esto
consagrado a la luz; la muerte
no es natural.

Dos poemas con amores y trenes



Fabián Casas


Me detengo frente a la barrera

Me detengo frente a la barrera.
Es una noche clara y la luna se refleja
en los rieles. Apago las luces del auto.
Está bien, pienso, es bueno que nos demos un tiempo.
Pero no comprendo nuestra relación;
no sirvo para eso: ¿Acaso serviría de algo?
Tu padre está enfermo y mi madre está muerta;
pero igual yo podría ir y tirarme encima tuyo
como todas estas noches. Eso es lo que sé.
Ahora la tierra vibra y un tren oscuro
lleva gente desconocida como nosotros.




César Mermet


Estación en el sueño

Ahora que te miro
acodada en el cuadro
insomne y encendido de tu tren destinado,
ahora que contemplo
desde mi viaje destinado y oscuro
cómo te desplazas, cómo me desplazo,
ahora que presencio, perplejo del corazón,
el suave, inexorable desencuentro
de nuestros grandes rostros frontales a la noche,
ahora que estoy viendo
cómo despierta el tiempo,
cómo se mueve el aire inmóvil del milagro
sin saber si soy yo o eres tú quien lentamente parte
en paralela, deslizada pérdida y flotante sigilo,
ahora que estoy perdiéndote
-ah despaciosa, prodigiosa desgracia en marcha-
ahora que termina esta estación en el sueño,
este delirio de la vigilia,
estas maniobras numerosas,
estas luces cifradas
que amonestan con guiños rítmicos
a quienes se contemplan iluminándose
en un cruce de esquemas
en un equívoco feliz de horarios
entre azar y destino.
Ahora que estás todavía al alcance
de la desnuda vara de esta elegía,
escucha, escucha, escúchame
sonámbula, soñada,
despierta, baja, vuelve,
antes que los silbidos estridentes
declaren a lo lejos que el viaje recomienza
con su chirriante coro de doliente obediencia.
Escúchame y despierta,
no prestes fe a la magia gradual del infortunio,
no creas al prestigio del movimiento,
ni a la aceleración inerte de la costumbre.
Ahora comienza el ruido grande, el ruido encadenado,
pero escúchame,
si no fue verdadero este diálogo en el margen
tampoco es cierta la partida,
y toda articulada sucesión es falsa.
Todo es mentira, escucha, todo es mentira
salvo la crédula verdad de nuestros engaños
deslumbrándose quietos en la pausa.
No partas, escúchame, despierta,
despiértame si parto;
no creamos a la aviesa persuasión del infortunio,
aquí probablemente debiéramos haber bajado,
es en esta estación donde amanece,
este desvío solitario fuera de los grandes tramos
donde el suspenso viaje tomó silencio y agua,
es el justo kilómetro del alba,
un paraje de sombra en primavera
salpicada de jilgueros como de rocío,
donde un caballo y una flor de alfalfa
interrumpen los rieles para siempre.
Aquí debiéramos haber bajado.

Escúchame mientras puedas, pasajera,
no creas que son dioses
los pequeños operarios con linternas,
no otorgues potestad al ojo ciego del semáforo;
todas las señalaciones del destino
operan por delegación de nuestros poderes
y por mansa convención hace tiempo olvidada,
para mayor salud del cielo
y por el plácido sueño de los sometidos.

Y sin embargo, mira
cómo te desplazas, cómo me desplazo,
qué desconcierto de las referencias,
qué vértigo suasorio,
qué inmóvil alejarse,
qué traslación astuta,
qué convicción oblicua
de ir para nunca,
mira cómo se estira al sesgo
la perfecta pausa frontal en que nos contemplábamos.

Ay pasajera insomne,
¿no me dirás al fin
cuál de los dos trenes es el que parte?
¿Quién de los dos dudó,
que puso en marcha al sino?



Traducción: un poema de Robert Frost



R. Frost


Una parada junto al bosque una noche en la que nieva


Creo saber de quién es este bosque.
Pero su casa queda en la ciudad:
no me verá si hago una parada aquí
a ver cómo sus árboles se cubren con la nieve.

Mi caballo seguro está pensando
que es raro haber frenado acá, donde no hay casas,
entre el lago congelado y el bosque
la noche más oscura del invierno.

Sacude la cabeza preguntándome
si hay algún problema. Se oye
la campanita de su cabezal, y luego
el silbido del viento y los copos que caen.

El bosque es adorable, oscuro y hondo.
Pero tengo promesas que cumplir.
Y mucho que andar antes de dormir.
Y mucho que andar antes de dormir.


Dos poemas con endecasílabo final inmejorable


Garcilaso de La Vega

Soneto X

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte conjuradas.

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habíais de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en un hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llevadme junto el mal que me dejastes.

Si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.


César Vallejo

Poema XXXIII

Si lloviera esta noche, retiraríame
de aquí a mil años.
Mejor a cien no más.
Como si nada hubiese ocurrido, haría
la cuenta de que vengo todavía.

O sin madre, sin amada, sin porfía
de agacharme a aguaitar al fondo, a puro
pulso,
esta noche así, estaría escarmenando
la fibra védica,
la lana védica de mi fin final, hilo
del diantre, traza de haber tenido
por las narices
a dos badajos inacordes de tiempo
                     en una misma campana.

Haga la cuenta de mi vida
o haga la cuenta de no haber aún nacido
no alcanzaré a librarme.

No será lo que aún no haya venido, sino
lo que ha llegado y ya se ha ido,
sino lo que ha llegado y ya se ha ido.