Siente que el tiempo indetenible pasa, escribe sus quizá dos mejores sonetos



Luis de Góngora


Mientras por competir con tu cabello...

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello.
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola tronchada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.



De la brevedad engañosa de la vida

Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta

que presurosa corre, que secreta

a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti los las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.

En Neruda lo muerto sigue vivo



Pablo Neruda


Oda a un gran atún en el mercado

En el mercado verde,
bala
del profundo
océano,
proyectil
natatorio,
te vi,
muerto.

Todo a tu alrededor
eran lechugas,
espuma
de la tierra,
zanahorias,
racimos,
pero
de la verdad
marina,
de lo desconocido,
de la
insondable
sombra,
agua
profunda,
abismo,
sólo tu sobrevivías,
alquitranado, barnizado,
testigo
de la profunda noche.
Sólo tú, bala oscura
del abismo,
certera,
destruida
sólo en un punto,
siempre
renaciendo,
anclando en la corriente
tus aladas aletas,
circulando
en la velocidad
en el transcurso
de
la
sombra
marina
como enlutada flecha,
dardo del mar,
intrépida aceituna.

Muerto te vi,
difunto rey
de mi propio océano,
ímpetu
verde, abeto
submarino,
nuez
de los maremotos,
allí,
despojo muerto,
en el mercado
era
sin embargo
tu forma
lo único dirigido
entre
la confusa derrota
de la naturaleza:
entre la verdura frágil
estabas
solo como una nave,
armado
entre legumbres,
con ala y proa negras y aceitadas,
como si aún tú fueras
la embarcación del viento,
la única
y pura
máquina
marina:
intacta navegando
las aguas de la muerte.



Oda al algarrobo muerto

Caminábamos desde
Totoral, polvoriento
era nuestro planeta;
la pampa circundada
por el celeste cielo:
calor y clara luz en el vacío.
Atravesábamos
Barranca Yaco
hacia las soledades de Ongamira
cuando
tendido sobre la pradera
hallamos un árbol derribado,
un algarrobo muerto.

La tempestad
de anoche
levantó sus raíces
argentinas
y las dejó crispadas
como una cabellera de frenéticas crines
clavadas en el viento.

Me acerqué y era tal
su fuerza herida,
tan heroicas sus ramas en el suelo,
irradiaba su copa
tal majestad terrestre,
que cuando
toqué su tronco
yo sentí que latía
y una ráfaga
del corazón del árbol
me hizo cerrar los ojos
y bajarla cabeza.

Era duro y arado
por el tiempo, una firme
columna trabajada
por la lluvia y la tierra,
y como un candelabro repartía
sus redondeados
brazos de madera
desde donde
luz verde y sombra verde
prodigó a la llanura.

Al algarrobo
duro, firme
como
una copa de hierro,
llegó
la tempestad americana,
el aquilón
azul
de la pradera
y de un golpe de cielo
derribó su hermosura.

Allí quede mirandolo que hasta ayer
enarboló
rumor silvestre y nidos
y no lloré
porque mi hermano muerto
era tan bello en muerte como en vida.

Me despedí. Y allí quedó
acostado
sobre la tierra madre.

Dejé al viento
velándolo y llorándolo
y desde lejos vi
que
aún
acariciaba su cabeza.

Traducción: Un poema de Denise Levertov





Denise Levertov


Misa para el día de Santo Tomás Apóstol


i. Kyrie
ii. Gloria
iii. Credo
iv. Sanctus
v. Benedictus
vi. Agnus Dei


i. Kyrie

Oh misterio profundo, llama parpadeante,
pepita enamorada que yace en lo más íntimo
del corazón oscuro,
ten piedad de nosotros.

Arrancamos pedazos del pasado para dar de comer
al orgullo o la pena.
Vivimos aterrados
de lo que conocemos:

la muerte, nuestra muerte, y la muerte del mundo
         imaginamos sin poder imaginárnosla
nosotros que tal vez
seamos los primeros y últimos testigos.

Vivimos aterrados
de lo que no sabemos,
aterrados de no poder saber,
y de lo ilimitado, por donde nuestro miedo
se hunde en caída libre,
                  o
         del final abrupto de todo lo que existe.

Sin embargo, ciframos
nuestra esperanza en lo desconocido,
en nuestro no saber.

Oh misterio profundo,
oh remoto misterio,
ten piedad de nosotros.



ii. Gloria

Alabada la nieve
         que cae esta mañana.
Alabada la sombra que proyecta
         sobre el techo de tejas la chimenea del vecino,
alabado también este día gris de Octubre
que debiera haber sido, según dicen, dorado.
         Alabado sea el sol
invisible que brilla tras las nubes heladas
dándonos luz y dándonos la sombra
de la chimenea.
         Alabado sea dios,
alabados los dioses, lo desconocido,
lo que nos imagina y detiene nuestra mano
nuestra mano asesina,
         y aún nos da,
en la sombra de la muerte
la vida nuestra de todos los días
y el sueño, todavía, de la buena voluntad
y la paz en la tierra.
Alabado el fluir y los cambios, la noche
y el latido del día.



iii. Credo

Creo que la tierra existe
y que hasta en la menor partícula de polvo
está presente el brillo sagrado de Tu llama.
Oh Tú
misterio que conozco,
Tú, espíritu,
dador, enamorado
de toda creación,
de toda letra escrita,
de cada flor trenzada,
del hierro, las acciones y los sueños.
Oh polvo de la tierra, ayuda a
mi poca fe. Deriva,
gris que se vuelve oro, al rayo de la vista.
Creo, pero la duda interrumpe mi creencia.
Dudo, pero la fe interrumpe mi descreimiento.
Amado mundo amenazado, sé.
         Cada partícula
de polvo.
         No la luz venenosa,
expuesta a su pesar,
rota la cerradura de su celda sagrada,
sino el brillo ordinario
del polvo en el antiguo
rayo de sol.
Sé, y que yo crea. Amén.



iv. Sanctus

Tronos y principados –todos los dioses,
ángeles, semidioses, animales locuaces,
oráculos, tormentas de bendición e ira-

         todo aquello que la Imaginación
         ha escrito, concebido,
         con esfuerzo, en trances epifánicos-

         dando un nombre, una forma –para dar
         a la Gran Soledad
         un corazón, un sitio-

elevan su canción hacia el silencio
protector, pronunciando
con júbilo sus nombres,
el nombre múltiple del Otro,
ese Misterio conocido,
incognoscible:

sanctus, hosanna, sanctus.



v. Benedictus

Bendito es lo que viene en nombre del espíritu,
lo que trae el espíritu consigo.

El nombre del espíritu está escrito
en la astilla, en la ráfaga de viento, en el cristal,

en el cristal de nieve, los pétalos, las hojas,
en el musgo y la luna, en las plumas, los fósiles,

en la sangre y el hueso, el silencio, la música,
cada palabra de
cada palabra,
la carne y la visión.

         (¿Pero qué hay del sufrimiento
         que causan en la tierra, contra los inocentes,
         las manos de los hombres?

         ¿Se escucha la palabra
         debajo o por encima
         de la cacofonía de la malignidad?

         ¿Puede ser percibida, todavía,
                  por soñadores sordomudos,
         en la mano, en el pecho,
                  aquella vibración
         que conocen las fibras
         del árbol de los nervios,
         o ve ese tercer ojo para el cual
         la vista y el sonido son una sola cosa?

         ¿Y qué hay del vacío,
         el torbellino destructor que no deja pasar
         palabra alguna?

En la indolencia del león
         está el espíritu,
en la ferocidad del tigre
que no es previsora,

sino que se despierta con el hambre,
y el hambre
de su juventud.

Bendito es lo que expresa
su ser,
la piedra de la piedra,
la paja de la paja,
                    porque allí
está el espíritu.

¿Pero es capaz el nombre
de expresarse
                   en la espiral del tiempo?
¿Puede entrar al vacío?
                    Bendito
sea el polvo. Desde el polvo
se expresa el mundo. No tenemos otra
esperanza, y ningún conocimiento.
                        La palabra eligió
hacerse carne.
En la carne perpleja
nos postramos.



vi. Agnus Dei

Dado que los corderos
son crías de la oveja; dado que las ovejas
son miedosas y torpes, y no saben defenderse,
porque no tienen garras ni violencia,
veneno ni malicia, ¿qué es, entonces,
el "Cordero de Dios"?

¿Esta hermosa criatura,
que husmea con vigor las ubres de su madre;
portadora de lana y de balidos,
que salta por el aire contenta de existir, y que descubre atónita
cuatro patas en las que aterrizar, el pasto
lo único del mundo que conoce?

         ¿La que nos llevaríamos a jugar,
adornada de cintas, aunque no dejaríamos
que entrara en nuestra casa
por miedo a que ensuciara el piso con sus heces?

¿Qué se oculta, terrible, detrás de estas palabras
tan extrañas:
Oh Cordero de Dios que quitas el pecado
del mundo: una inocencia que parece ignorancia,
engendrada en la nieve manchada por la sangre
que lamen los ancestros de los perros,
más sagaces que todo el rebaño en su conjunto?

                        ¿Entonces Dios,
         que abarca todo,
         está indefenso? ¿La omnipotencia
         ha sido reducida a un montoncito húmedo de lana?

                    Y nosotros,
                    temerosos, abúlicos, que queremos tan sólo
echarnos a dormir hasta que la catástrofe
haya llegado al clímax y arrasado con todo
para pasar al fin,
                   y que queremos despertar tranquilos
sin recordar después el sufrimiento,


                    nosotros los que, llenos de vergüenza,
en nuestra mísera esperanza, buscamos que nos rescataran de las llamas,
y nos dieran la dicha que creímos merecer por haberla imaginado,

                    ¿entonces se supone que nosotros
debemos proteger a este animal perversamente débil,
que con su hocico insiste en tratar de encontrar leche en nosotros?
¿Debemos estrechar en nuestro corazón
helado a un Dios que tiembla?




Que así sea.
         Ven, trapo sucio, estremecido,
                             ven, estrella distante.
                  Vamos a ver si algo de los hombres
                  aún puede protegerte,
                        chispa
                  de luz remota.


Miran inolvidablemente frutas



Manuel J. Castilla


El ají


Rabia de Dios, goteante y roja.

Nombro tu incendio y tus enojos quietos.
Brote de guerra,
víbora redonda
calentando callada
su inocente semilla rencorosa.

Bocado para el ángel que se sueña perverso.

Calientas la verdura de los loros
en cuyos ojos duermen tus anillos bermejos
olvidados y secos.

Oh, disfrazado solo,
delirio errante de los carnavales.
Toco las mesas turbias de tus fondas
donde imperas con tu único ojo que hacha cuando mira,
brotando desde locros trasnochados y pálidos
como un malvón de furia entre la nieva.

Rebelión soñolienta de Bolivia,
vaho de sus mercados
pintando el pecho de los guacamayos.

Eres como si amanecieras.

Un recuerdo por donde se alegraba mi madre,
como si desatara su moño más mimado.

Semen ruborizado de su propia pureza
ardiéndose en violenta eternidad sonora.

Matriz de la granada
cayéndose de siembra luminosa,
casi joya del yuyo,
casi fervor de mi alma
casi que yo no sé
y casi que me quema y que me mata.



César Mermet


La sandía


Flota en el río
a la hora ancha en que el agua
se abandona a su fuerza elástica, plácida,
y sus músculos líquidos ondean a compás perezoso,
ablandando la luz, balanceando la apaciguada luz,
atleta ardiente abandonado de espaldas
en la extensión verde y parda del rumor del río.

Flota, huevo de tigre de agua dulce, verde viril moteado.
Salta a unas manos muy amantes, cae a blanca acogida,
en peso profundísimo, liviano y denso y pleno,
cae a las manos atardecidas.

Ahora el cuchillo hinca y rasga su sonido
que su cuerpo virgen absorbe con serena aceptación;
una breve pirámide es primicia, sale, ilumina el aire tardío.

La hoja de acero sangra un transparente rojo pálido
y con pureza, decisión y designio y equidad,
corta el cerrado universo en dos mitades.

Es el verano,
el verano se hace visible,
en el póstumo instante del sol la sandía se revela, abierta
en dos, cargadas barcas de delicia liviana.

Aquí está el corazón del calor
contrarrestando el peso acumulado del sol en las barrancas,
el malhumor, la agresión sumada, el rencoroso
calor de la seca greda craquelada,
el vaho de las orillas, el espíritu del fuego avieso y ciego,
y el oprobio, el bochorno,
la espesura vaporosa y confusa traspasando la tierra,
cancelado, abolido por la escarcha graciosa de la sandía.

Se ve que es fiesta,
sacralidad alegre,
exaltación del rojo construido en rumor frágil,
cuando se entrega como dicha y gratitud
y prodigio fluido y traslúcido
que no exige reflexión al paladar, festiva fruta casi frívola.

Moteada, sembrada de encargos deslizados, no cargosos,
la sandía es dispendiosa de semillas,
juega, derrama, munificencia pueril y silabeo excedido y salivada siembra,
soplada por las comisuras del que oficia y muerde pero no mastica,
porque ese fruto gigante es sortilegio,
se deshace en entrega conjugada, jugosa, generosa, desapareciendo
en agua roja y en frescura rápida, dulce, como el destello del verano
absolviendo a la lengua.

El corazón es fervoroso,
el corazón de la sandía es más prieto y constituido en otro rojo adulto
entre tanta niñez iluminada y cristalitos que licúan y desaparecen,
el corazón es la hostia púrpura y pagana y cruje más oscuramente
y la boca diferencia el mensaje consagrado.

A la orilla del río, toda la boca sangra pálida,
sumergida en las barcas de la sandía como en la intimidad de una mujer ligera.

Y ahora las dos naves griegas, despojadas,
navegan épicas, danzando majestuosamente;
y alucinados ojos, alumbrados desde la dicha infantil de la boca,
miran la noche comer mansa en la mano de los boteros,
despojándose de su estofa caliente, asomando sus estrellas refrescantes.

La sandía es sencillez,
sortilegio sencillo y natural
para vivir de una manera espaciosa y serena y confiada,
para hombres que fueron suficientemente niños y arcaicos,
como para gozarla.
La sandía es un encargo, una señal jugosa, un recuerdo del paraíso
para que volviendo de nadar,
o de remar en canoas con húmedo olor a mujer,
el hombre asuma su premio y su dicha.

Los que están percutiéndola ahora mismo, escuchándola junto al oído,
no están por alimentarse ni solamente por beber.
Los que percuten con sonrisa reflexiva adivinando con los ojos en el río,
los que levantan las flotantes ballenas fluviales
y bañándose el hombro percuten en su noche prometida,
remontan diapasón, se entonan, se serenan como comulgantes;
la puñalada abrirá pronto el dulce y frío incendio nupcial
de su plétora aérea y de su muda epifanía,
en consonancia deliciosa con las estrellas que caen al río.


Fragmentos de dos largos poemas mexicanos, deseantes, luminosos



José Gorostiza


Muerte sin fin

(…)
Porque en el lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la formas
se abrasan, consumidos por su muerte
—¡ay, ojos, dedos, labios,
etéreas llamas del atroz incendio!—
el hombre ahoga con sus manos mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de gangoso idioma
y esbeltos címbalos que dan al aire
sus golondrinas de latón agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa marinera
que consuma el periplo del jardín
con sus velas henchidas de fragancia;
y el malsano crepúsculo de herrumbre,
amapola del aire lacerado
que se pincha en las púas de un gorjeo;
y la febril estrella, lis de calosfrío,
punto sobre las íes
de las tinieblas;
y el rojo cáliz del pezón macizo,
sola flor de granado
en la cima angustiosa del deseo,
y la mandrágora del sueño amigo
que crece en los escombros cotidianos
—ay, todo el esplendor de la belleza
y el bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.

(...)

(Versión completa) (Oir parte del poema recitado por su autor)



Octavio Paz


Piedra de Sol

(…)Abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece.
(...)
Puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados.
(…)

(Versión completa) (Oir el poema recitado por su autor)