Buscan mariscos



José Watanabe


Las mariscadoras

Al amanecer
una decena de muchachas, como en un mito,
entran algunos palmos en el mar tranquilo.

Visten un traje negro
           y buscan
entre las piedras
los cangrejos y conchas que ha dejado la marea alta.

Una roca oscura se confunde con ellas. Sólo
asoma, hierática,
con el agua baja. Si respirara el aire salino de las muchachas
reiría con ellas
           que se lanzan cangrejos y comen almejas crudas.
Las muchachas ignoran que esa alegría vibrátil
es su victoriosa debilidad.
Cuando la marea suba
huirán del avance de las aguas, la roca no.
Ella será la hermana severa
que increíblemente pasa la noche bajo el agua.
           Mañana
volverá a emerger con la cabellera rizada de algas
y el triste orgullo de no deberle nada a nadie.



Héctor Viel Temperley


Como humiles ratones

Como humildes ratones
buscando los restos
de la hostia del Amanecer,
caminan por las rocas
cinco monjas.

Van mirando hacia abajo,
hacia sus pies descalzos
y blanquísimos.

(Para buscar almejas,
una lleva un cuchillo.)

Dos de Martí y amor a Cuba en el exilio



José Martí


Dos patrias


Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
su majestad el sol, con largos velos
y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
que en la mano le tiembla! Está vacío
mi pecho, destrozado está y vacío
en donde estaba el corazón. Ya es hora
de empezar a morir. La noche es buena
para decir adiós. La luz estorba
y la palabra humana. El universo
habla mejor que el hombre.
                                             Cual bandera
que invita a batallar, la llama roja
de la vela flamea. Las ventanas
abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo
las hojas del clavel, como una nube
que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa...



Domingo triste


Las campanas, el sol, el cielo claro
me llenan de tristeza, y en los ojos
llevo un dolor que todo el mundo mira,
un rebelde dolor que el verso rompe
y es, ¡oh mar!, la gaviota pasajera
que rumbo a Cuba va sobre tus olas.

Vino a verme un amigo, y a mí mismo
me preguntó por mí; ya en mí no queda
más que un reflejo mío, como guarda
la sal del mar la concha de la orilla.
Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
gira, a la voluntad del viento huraño,
vacía, sin fruta, desgarrada, rota.
Miro a los hombres como montes; miro
como paisajes de otro mundo, el bravo
codear, el mugir, el teatro ardiente
de la vida en mi torno: ni un gusano
es ya más infeliz: suyo es el aire,
y el lodo en que muere es suyo.
Siento la coz de los caballos, siento
las ruedas de los carros; mis pedazos
palpo: ya no soy vivo: ¡ni lo era
cuando el barco fatal levó las anclas
que me arrancaron de la tierra mía!

Traducción: ocho versos de "Heavy Date" de W.H. Auden



W. H. Auden

Heavy Date

(...)
De a poco vamos aprendiendo,
y al menos ya sabemos algo:
tenemos que desaprender
mucho de lo que siempre nos dijeron.
Y vamos revisando con cautela
los dogmas más enfáticos:
es que el Amor es mucho más extraño
de lo que suponíamos.
(...)

Dos con abulia esperando sin fe



Alejandro Rubio


Domingo al mediodía


Estiércol,
barro y estiércol y vacas atadas
a postes de alumbrado y a lo lejos la trompeta
de un ángel que anuncia
la Resurrección.
Un hilo de luz
que se cuela por la rendija
de la persiana turquesa
lo despierta; lo primero que ve
es una telaraña
en un rincón, temblando
levemente, aunque no se nota viento; se queda
un rato así, esperando que en el hilo
se hagan motas de polvo visibles,
también, hasta, quién sabe, algún
insecto; pasa el tiempo y no pasa más,
ningún insecto, ni tan siquiera una
mota de polvo, se hace visible
en el hilo de luz, que cuelga,
como un puente, entre el exterior
y la pasta densa que a esa hora es su cerebro.
De pronto suena una bocina; de pronto nada suena; de pronto
se hace presente, sin vuelta
de hoja, el estrépito
de los gorriones: ya, ya,
levantarse ya. Pone
los pies en la baldosa fría, tienta,
con los pies, por el borde de la cama,
hasta encontrar las ojotas; se para, comprueba
que su equilibrio es estable, camina
hasta el baño. Hasta hace poco le daban vergüenza
sus dientes sarrosos; ya no.
Escupe agua y dentífrico que rebotan
contra el lavabo y salpican
su estómago; se seca
mecánico, con la mano.
Arrastra las ojotas hasta la cocina
donde está, incólume, lo mismo que dejó ayer:
platos y vasos en la mesa, una
rodaja de salamín, una botella
medio, o medio llena, vacía,
de tinto común, una frutera con bananas
sobre la mesada, junto a un atado
de Marlboro box, en la pileta
restos de yerba. Le vienen recuerdos,
vagos, de una conversación,
mantenida anoche, sobre curdas
en Valparaíso y Mar del Plata:
no sabe, ahora, quién de los dos
determinó que la suya
había sido la peor. Camina, ahora,
rodeando la mesa, y abre la puerta
persiana por cuyas rendijas pasaban
tres hilos de luz, inunda, entonces,
la cocina de un sol uniforme, y pasa al patio
también inundado, y alza la cabeza y ve
un disco difuso, fijo en el centro del cielo.
Baja la cabeza y ve
unas baldosas grises, moteadas
de círculos blancos y negros; una hormiga marcha
llevando su hoja. Piensa
en cuántas generaciones se levantaron y cayeron
y creyeron que el momento,
que estaba por llegar, llegaría, y no
llegó: confundidos en el polvo.
Se acerca a las macetas
que contienen plantas cuyos nombres
no conoce y que sigue regando
por una tenue noción de continuidad
con la casa, la familia, la naturaleza
o como quiera llamárselo; la tierra
está reseca y cuarteada, las hojas

amarillentas. Se acerca más;
las estrías, en la tierra
grisácea, desde arriba, podrían parecer
esas marcas que los incas dejaron en el suelo
del desierto para que los extraterrestres,
o los dioses, no se perdieran
en su viaje por el vasto mundo vasto. Se incorpora
e incas, dioses, marcas, desaparecen,
como de un manotazo, de su campo mental
y sólo queda la maceta y una orden
terminante, majestuosa, sonando
como la voz de la madre:
regar. Vuelve a la cocina, busca en el armario,
saca una jarra de aluminio y la pone
bajo la canilla; regresa al patio,
y echa el agua en la primera maceta
hasta que sube, negra, el agua barrosa
hasta los bordes; vuelve a la cocina,
pone la jarra bajo la canilla, regresa
al patio, y echa el agua
en la segunda maceta; vuelve
a la cocina, pone la jarra
bajo la canilla, regresa al patio,
echa el agua, parado con la piernas abiertas,
desde la altura de su cadera, en la tercera
maceta, hasta que el agua, negra,
desborda y moja los costados,
blancos, de la maceta. Siente
la cabeza caliente; vuelve
a la cocina, seca la jarra
con un repasador sucio

y la guarda en el estante de abajo
del armario. Rodea la mesa, sale al hall,
dobla a la derecha, entra en el dormitorio,
rebusca, entre los pliegues de las sábanas
y la colcha, unos vaqueros rotos
y se los pone, primero
la pierna izquierda y después,
perdido por un instante
el equilibrio, y vuelto a recuperar como dicen
los relatores deportivos, en un fracción de segundo,
la derecha. Camina
hasta la mesa de luz, agarra
una radio portátil marcha Hitachi,
se pone las ojotas, vuelve
a la cocina. La prende
y sale, por un momento, ensordecedor,
un ruido de estática; los dedos
buscan hábiles el dial
y lo giran, cayendo entonces
los acordes finales de una canción melódica.
Baja el volumen
(el estrépito de los gorriones se ha acallado)
y se sienta, con la radio
al lado, a la mesa. Los codos
apoyados, las manos
soportando la cara, escucha
otra canción melódica.
Nada,
ninguna voz
resonante, que haga levantar
a los muertos de sus tumbas. El locutor
anuncia, lisamente, la
sensación térmica; él, como quien llega
a un resumen perfecto
del estado de las cosas,
putea. Se levanta, agarra
entre el índice y el pulgar
los dos vasos, con la otra mano
apila los dos platos y se lleva todo
a la pileta: no tiene ganas de lavar.
Por la radio están pasando
otra canción melódica. Va al hall,
abre la heladera, bajo el foco amarillento
reluce el papel metalizado
que cubre una fuente;
es pollo de anteayer
cocido al horno. Saca
la fuente, cierra la puerta, vuelve
a la cocina, apoya
la fuente en la mesada, va
al armario, saca un plato
playo, celeste, cierra
la puerta del armario, vuelve
a la mesada. Se queda quieto
tres segundos, como atento
al vibrato de un cantante
que hablase de un amor que no fue
y no será: estornuda. Se pasa
el canto de la mano por la nariz,
y luego la observa: no hay
ningún resto, ninguna
mucosidad, nada. Levanta
un extremo del papel metalizado
hasta dejar al descubierto, entero,
un muslo con su ala; lo agarra
pringándose los dedos, lo deposita
en el centro del plato.
Se chupa los dedos: quedan
húmedos y brillosos, como huesos
lamidos por el mar, en un playa
nórdica, huesos, tal vez,
de mamut, abandonados
por toda mirada humana
desde hace siglos. Va
a la cajonera, abre
el primer cajón, mete
la mano, extrae
un tenedor, luego un cuchillo,
se queda quieto. En la radio
un cantante, entre vibratos,
habla de un amor que no fue
y no será: estornuda. Se pasa
los dedos índice y pulgar por la nariz,
los mira, nada. Vuelve a guardar
el tenedor y el cuchillo, cierra el cajón,
se mueve hasta la mesada y toma
el muslo con su ala con las dos
manos, se lo lleva a la boca,
muerde, tira: un pedazo
blanco de carne y piel queda suspendido
de su boca, hasta que, con la lengua,
lo mete adentro y, con esfuerzo, lo
traga. Sus ojos
giran, por un momento,
en redondo, buscando
quién sabe qué; enseguida
los fija en un azulejo azul
y sigue royendo: así debieron estar
los primeros hombres, en círculo
bajo el sol, quietos, sólo
salvados de confundirse con los árboles
o cosas inanimadas por el movimiento
de las mandíbulas, rápido, regular,
mejor medida de tiempo que todos los relojes suizos.
En cuatro minutos el muslo ha quedado
hueso y pellejo; caen, desde la altura
del mentón al plato, y de ahí van
al tacho de basura bajo la pileta.
Abre la canilla, se inclina, rodea con los labios
el extremo, traga; cierra la canilla, se enjuaga
con el canto de la mano, arrastra los pies
hasta la mesa, se sienta. Piensa
en salir, pero sabe
que no saldrá; pasará la tarde
en la cocina, la tele apagada, los libros
cerrados, los cassettes
en sus cajas, la mente en blanco
o surcada por formas fugitivas,
en algún momento con la pava
y el mate en las manos, en otro
acodado en la mesa, las manos
sosteniendo la cara, clavado en el sucederse
de las canciones melódicas y en el día
que cae desde un gotero.



Gustavo Adolfo Bécquer

LVI

Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar... andar.


Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón:
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.


El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándolo sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.


Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae,
y cae sin cesar.


Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer... y todos ellos
sin gozo ni dolor.


¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor; pero siquiera
padecer es vivir!