Animalia: cigarras y topo



César Mermet


Es la cigarra azul


Es la cigarra azul
que el rojo sol enciende y el amor acelera.
Inmóvil estridencia brilla,
creciente furia delirante vibra,
hace ácida alerta y exaltada
víspera aguda, trastornada siesta
a apacible deshora
en la invadida, azul, tarde madura,
asolada por ásperas galaxias
de giratorio mediodía.

Allá por hojas graves, altas, quietas, frías,
primer cigarra calma tienta el aire,
alterna y tensa el ascendente tono,
crepita en clandestina, húmeda sombra,
ilumina, propaga, se encandilan
los cigarrales prósperos,
incendian altos pinos improperios corales
y locas multitudes obscenas y tenaces
desolladoras del oído,
encelan la rastrera luna plena,
a la caliente luna enorme y muda,
caída a la clamante malvenida,
a maldición innumerable, unánime, caída
a la furiosa fiesta,
a los racimos secos del quemante sonido,
a la pululación sonora, al invisible hervor,
a la esplendente boda ardiente,
a la ominosa peste y celebración
prendida a las axilas verdes
de resinosas ramas.

Luego el ascenso es éxtasis.
El ascenso muy arduo, es letárgico éxtasis,
nivel reverberante, sostenida fluencia
del ancho río nupcial, fosforescente
corona de la noche;
cópula de enjambres grávidos
gigante teje una solar membrana
de articuladas cáscaras cóncavas de canto,
machos de negro, resonante pecho
hendido en celo herido,
a horadante velocidad de trance,
de transida vigilia en serenadas ascuas;
tiempo palpable, alto continuo, dura
un arcaico silencio de sonámbulo tímpano,
en contraluz tonal, a las antorchas quietas.

Autárquico el estío, con devorante amor
y canto azul sostiene
respuesta, espejo y exorcismo por gozo
al cigarral astral, que en moliente diamante
lima chirriante el cielo amenaza y desciende.




José Watanabe


El topo


      Estaba ahí,
acorralado en el ruedo de los curiosos. Sus garras
escarbaban inútilmente el cemento de la vereda,
      y sangraban. No avanzaba,
sólo esponjaba y contraía su cuerpo
        según su miedo. Y con su hocico,
rosado y móvil, husmeaba,
        lejos de sus oscuras galerías,
el aire soleado de los hombres.

Jamás habíamos visto un topo.
Habían capturado un mito, un animal
de bestiario. Por eso
nuestra mente demoraba, se estremecía,
        no podía creer
que bajo la realidad estridente del sol
hubiera otro animal
       de carne lastimada como la nuestra.