Con bronca contenida escriben



Joaquín O. Giannuzzi


Veneno en la calle

Qué triste
se pone todo esto. Has entrado en la calle
sin haberte entendido en tu casa con nadie;
una vez más, concluyes, te ha fallado el lenguaje;
los motivos lejanos de tus propios senderos
se agotan enturbiados y no saben ahora
a donde te conducen. Pero ocurre que el mundo
es más difícil siempre; y todavía un hombre
es un caso insoluble para otro. No existe
una adecuada síntesis que asuma
una respuesta válida para estos horribles
malentendidos. Callas, caminas meditando;
lo que esperé encontrar en el jardín de antaño,
el pasado perpetuo que actúa con astucia
en libros y museos y maestros y jueces
deambula en otro reino con el rostro confuso:
¿y qué podré tomar de su extraño dominio
sino un golpe de viento equívoco y corrupto
con milenios de muerte hacia atrás y adelante
sin contar el presente? Yo pensé de este modo
que la historia repite una simulación
de sucesos irónicos sin ninguna especial
concentración de vida. Y una sola certeza
y atroz seguridad instala con la muerte
en este breve gesto que hago con las manos
o al abrir distraído una ventana. El resto
es apenas sospecha de una canción posible
en un posible huerto y la sospecha acaso
un engaño primario que equivoca los días.
Ahora cruzas la calle; preguntas qué curiosas
relaciones llevaron el constante veneno
de tu familia a esta meditación enferma;
pero nadie responde y como siempre todo
se reduce a girar, sin perdonar, en esta
muchedumbre que integras sin conclusión alguna.




Luis Cernuda


La familia

¿Recuerdas tú, recuerdas aun la escena
a que día tras día asististe paciente
en la niñez, remota como sueño de alba?
El silencio pesado, las cortinas caídas,
el círculo de luz sobre el mantel, solemne
como paño de altar, y alrededor sentado
aquel concilio familiar, que tantos ya cantaron,
bien que tú, de entraña dura, aún no lo has hecho.

Era a la cabecera el padre adusto,
la madre caprichosa estaba en frente,
con la hermana mayor imposible y desdichada,
y la menor más dulce, quizá no más dichosa,
el hogar contigo mismo componiendo,
la casa familiar, el nido de los hombres,
inconsistente y rígido, tal vidrio
que todos quiebran, pero nadie dobla.

Presidían mudos, graves, la penumbra,
ojos que no miraban los ojos de los otros,
mientras sus manos pálidas alzaban como hostia
un pedazo de pan, un fruto, una copa con agua,
y aunque entonces vivían en ellos presentiste,
tras la carne vestida, el doliente fantasma
que al rezo de los otros nunca calma
la amargura de haber vivido inútilmente.

Suya no fue la culpa si te hicieron
en un rato de olvido indiferente,
repitiendo tan sólo un gesto trasmitido
por otros y copiado sin una urgencia propia,
cuya intención y alcance no pensaban.
Tampoco fue tu culpa si no los comprendiste:
al menos has tenido la fuerza de ser franco
para con ellos y contigo mismo.

Se propusieron, como los hombres todos, lo durable,
lo que les aprovecha, aunque en torno miren
que nada dura en ellos ni aprovecha,
que nada es suyo, ni ese trago de agua
refrescando sus fauces en verano,
ni la llama que templa sus manos en invierno,
ni el cuerpo que penetran con deseo
dos soledades en una carne sola.

Ellos te dieron todo: cuando animal inerme
te atendieron con leche y con abrigo;
después, cuando creció tu cuerpo a par del alma,
con dios y con moral te proveyeron,
recibiendo deleite tras de azuzarte a veces
para tu fuerza tierna doblegar a sus leyes.
Te dieron todo, sí: vida que no pedías,
y con ella la muerte de dura compañera.

Pero algo más había, agazapado
dentro de ti, como alimaña en cueva oscura,
que no te dieron ellos, y eso eres:
fuerza de soledad, en ti pensarte vivo,
ganando tu verdad con tus errores.
Así, tan libremente, el agua brota y corre,
sin servidumbre de mover batanes,
irreductible al mar, que es su destino.

Aquel amor de ellos te apresaba
como prenda medida para otros,
y aquella generosidad, que comprar pretendía
tu asentimiento a cuanto
no era según el alma tuya.
A odiar entonces aprendiste el amor que no sabe
arder anónimo sin recompensa alguna.

El tiempo que pasó, desvaneciéndolos
como burbuja sobre la haz del agua,
rompió la pobre tiranía que levantaron,
y libre al fin quedaste, a solas con tu vida,
entre tantos de aquellos que, sin hogar ni gente,
dueños en vida son del ancho olvido.

Luego con embeleso probando cuanto era
costumbre suya prohibir en otros
y a cuyo trasgresor la excomunión seguía,
te acordaste de ellos, sonriendo apenado.
Cómo se engaña el hombre y cuán en vano
da reglas que prohíben y condenan.
¿Es toda acción humana, como estimas ahora,
fruto de imitación y de inconsciencia?

Por esta extraña llama hoy trémula en tus manos,
que aun deseándolo, temes ha de apagarse un día,
hasta ti trasmitida con la herencia humana
de experiencias inútiles y empresas inestables
obrando el bien y el mal sin proponérselo,
no prevalezcan las puertas del infierno
sobre vosotros ni vuestras obras de la carne,
oh padre taciturno que no le conociste,
oh madre melancólica que no le comprendiste.

Que a esas sombras remotas no perturbe
en los limbos finales de la nada
tu memoria como un remordimiento.
Este cónclave fantasmal que los evoca,
ofreciendo tu sangre tal bebida propicia
para hacer a los idos visibles un momento,
perdón y paz os traiga a ti y a ellos.