Traducción: un poema de Pier Paolo Pasolini



Pier Paolo Pasolini


El muchachito muerto

Tarde de luz, crece en el pozo
el agua, una mujer embarazada
camina por el campo.

Te recuerdo, Narciso, vos tenías
el color de la tarde
cuando doblan las campanas por los muertos.


Traducción: un poema de Allen Ginsberg



Allen Ginsberg


Canción

El peso de este mundo
es el amor.
Debajo de la carga de la soledad,
debajo de la carga
de la insatisfacción

el peso,
el peso que cargamos
es amor.

¿Quién podría negarlo?
Toca al cuerpo en los sueños,
crea milagros en el pensamiento,
en la imaginación padece
hasta que logra concretarse en otro cuerpo
-y mira desde el corazón
ardiente en su pureza-
porque la carga de la vida
es el amor;

sin embargo llevamos la carga con fatiga,
por eso es que debemos descansar finalmente
en brazos del amor,
descansar en los brazos del amor.

Sin amor no hay descanso,
no se duerme sin sueños
de amor-
Y aunque estés loco, obsesionado
con ángeles o máquinas,
el deseo final es el amor.

-Nunca es amargo,
y no sabe negarse,
no sabe contenerse aunque lo nieguen

es demasiado el peso.

-Y da sin esperar a cambio nada,
asi como la idea nos es dada en soledad
en toda la excelencia de su exceso.

Los cuerpos tibios brillan juntos en lo oscuro,
la mano busca el centro de la carne,
la piel tiembla feliz
y el alma llega alegre al ojo-

Sí, sí,
esto es lo que quería,
es lo que siempre quise,
volver
al cuerpo
en que nací.

Animalia II: dos perros



O. Girondo


Inagotable asombro

Este perro.
Este perro.
¡Indescriptible!
¡Único!
(¿Quién diría la forma,
la intención,
el tamaño
de todas sus membranas,
sus vértebras,
sus células,
sin olvidar su aliento,
sus costumbres,
sus lágrimas?)
Este perro.
Este perro,
semejante a otros perros
y a la vez tan distinto
a su padre,
a su madre,
sus hermanos,
sus hijos,
a los perros ya muertos,
y a todos los que existen.
Este perro increíble,
con su hocico,
su rabo,
sus orejas,
sus patas,
inédito,
viviente;
modelado,
compuesto
a través de los siglos
por un esfuerzo inmenso,
constante,
incomprensible,
de creación,
de armonía,
de equilibrio,
de ritmo.
Este perro.
Este perro,
cotidiano,
inaudito,
que demuestra el milagro,
que me acerca al misterio…
que da ganas de hincarse,
de romper una silla.


Cesar Mermet


Epifanía del perro

Repentino, veloz y sucesivo
terrestre colibrí, cuadrúpedo versátil,
con el vidente hocico el perro
persigue abecedarios dislocados en árboles y muros,
restituye en lecturas instantáneas
un fragmentario texto, evanescentes testimonios
de ausentes persistentes,
descifrando en el aire un palimpsesto,
la pululante estela, la saga tumultuosa
en volvedor olvido,
del numeroso clan que el mundo orina
delectación, saludo, reencuentro a pata alzada
y siembra de aquí estuve,
en numinosos sitios convocantes.

Remonta el perro difusos parentescos,
el linaje, la crónica, el ácido mensaje
de olores solidarios y entusiastas.
Tenaz, certero, el perro sigue
contradictorios rumbos, inspiraciones diagonales;
pero actuando conjura el habitado tiempo,
teje y reintegra una coral figura,
leva un urgente censo
de espectros fraternales que invoca remedando,
y puntualiza, suma, funda especie,
el júbilo en la especie,
y él es la especie rescatada,
toda la tribu, la memoria entera;
y en temblorosa epifanía,
él es total, el uno en muchos
y todos los transitivos en el uno.

Ahora el perro, sentado, se relame.
Altiva la cabeza, rotunda, convencida, iluminada;
magnánima, la sabia lengua pende, rezumando,
y su mirada abarca nada y todo
cielo y perro.
Entronizado el perro en perro,
jadea en plenitud, reposa, lacrimoso,
en la certeza estólida de ser la olida suma,
miríada de olfatos, moviendo las orejas.
Transeúntes, peregrinos,
efímeros, constantes, devocionales perros
en la tarea solemne de dejar anales, memorables zócalos,
patéticas señales, humedades,
en herrumbres, ladrillos y maderas.
Constelación de perros, todos en él, actuales,
todos los obsedidos corredores, presos
en laberintos del olor del aire;
de tensa cola a índigo hociqueo
dorsal flecha lanzada a la pregunta interminable
de ser o de no ser perro en los perros;
apaciguado finalmente, confirmado
en el espejo beato de su olfato crédulo.

He aquí el can ejemplar
que cree que existe por sus semejantes;
por quienes fueron, no fueron, fueron también
confusa dispersión, ávida pista, vehemente inquisición,
hallazgo y gloria;
con húmeda nariz ambulatoria,
a ijares quejumbrosos, trotaron indagando
su secreto nombre en el público olor de los sumandos;
husmeando, de piedra en árbol,
de columna en umbral y de yuyal en derrumbada rueda,
perseveraron, encontraron, fueron
la cierta, la instituida
revelación del cabal perro,
el impetrado en aspersiones, uno
que se conoce perro entre los perros.





aquí otros dos perros argentinos

Animalia: cigarras y topo



César Mermet


Es la cigarra azul


Es la cigarra azul
que el rojo sol enciende y el amor acelera.
Inmóvil estridencia brilla,
creciente furia delirante vibra,
hace ácida alerta y exaltada
víspera aguda, trastornada siesta
a apacible deshora
en la invadida, azul, tarde madura,
asolada por ásperas galaxias
de giratorio mediodía.

Allá por hojas graves, altas, quietas, frías,
primer cigarra calma tienta el aire,
alterna y tensa el ascendente tono,
crepita en clandestina, húmeda sombra,
ilumina, propaga, se encandilan
los cigarrales prósperos,
incendian altos pinos improperios corales
y locas multitudes obscenas y tenaces
desolladoras del oído,
encelan la rastrera luna plena,
a la caliente luna enorme y muda,
caída a la clamante malvenida,
a maldición innumerable, unánime, caída
a la furiosa fiesta,
a los racimos secos del quemante sonido,
a la pululación sonora, al invisible hervor,
a la esplendente boda ardiente,
a la ominosa peste y celebración
prendida a las axilas verdes
de resinosas ramas.

Luego el ascenso es éxtasis.
El ascenso muy arduo, es letárgico éxtasis,
nivel reverberante, sostenida fluencia
del ancho río nupcial, fosforescente
corona de la noche;
cópula de enjambres grávidos
gigante teje una solar membrana
de articuladas cáscaras cóncavas de canto,
machos de negro, resonante pecho
hendido en celo herido,
a horadante velocidad de trance,
de transida vigilia en serenadas ascuas;
tiempo palpable, alto continuo, dura
un arcaico silencio de sonámbulo tímpano,
en contraluz tonal, a las antorchas quietas.

Autárquico el estío, con devorante amor
y canto azul sostiene
respuesta, espejo y exorcismo por gozo
al cigarral astral, que en moliente diamante
lima chirriante el cielo amenaza y desciende.




José Watanabe


El topo


      Estaba ahí,
acorralado en el ruedo de los curiosos. Sus garras
escarbaban inútilmente el cemento de la vereda,
      y sangraban. No avanzaba,
sólo esponjaba y contraía su cuerpo
        según su miedo. Y con su hocico,
rosado y móvil, husmeaba,
        lejos de sus oscuras galerías,
el aire soleado de los hombres.

Jamás habíamos visto un topo.
Habían capturado un mito, un animal
de bestiario. Por eso
nuestra mente demoraba, se estremecía,
        no podía creer
que bajo la realidad estridente del sol
hubiera otro animal
       de carne lastimada como la nuestra.