Poemas a poetas III



Luis Cernuda


A un poeta futuro

No conozco a los hombres. Años llevo
de buscarlos y huirles sin remedio.
¿No los comprendo? ¿O acaso los comprendo
demasiado? Antes que en estas formas
evidentes, de brusca carne y hueso,
súbitamente rotas por un resorte débil
si alguien apasionado les allega,
muertos en la leyenda los comprendo
mejor. Y regreso de ellos a los vivos,
fortalecido amigo solitario,
como quien va del manantial latente
al río que sin pulso desemboca.


No comprendo a los ríos. Con prisa errante pasan
desde la fuente al mar, en ocio atareado,
llenos de su importancia, bien fabril o agrícola;
la fuente, que es promesa, el mar sólo la cumple,
al multiforme mar, incierto y sempiterno.
Como en fuente lejana, en el futuro
duermen las formas posibles de la vida
en un sueño sin sueños, nulas e inconscientes,
prontas a reflejar la idea de los dioses.
Y entre los seres que serán un día
sueñas tu sueño, mi imposible amigo.

No comprendo a los hombres. Mas algo en mí responde
que te comprendería, lo mismo que comprendo
los animales, las hojas y las piedras,
compañeros de siempre silenciosos y fieles.
Todo es cuestión de tiempo en esta vida,
un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,
por largo y vasto, al otro pobre ritmo
de nuestro tiempo humano corto y débil.
Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses
fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo,
unida con la tuya se acordaría en cadencia,
no callando sin eco entre el mudo auditorio.

Mas no me cuido de ser desconocido
en medio de estos cuerpos casi contemporáneos,
vivos de modo diferente al de mi cuerpo
de tierra loca que pugna por ser ala
y alcanzar aquel muro del espacio
separando mis años de los tuyos futuros.
Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo,
que otros ojos compartan lo que miran los míos.
Aunque tú no sabrás con cuánto amor hoy busco
por ese abismo blanco del tiempo venidero
la sombra de tu alma, para aprender de ella
a ordenar mi pasión según nueva medida.

Ahora, cuando me catalogan ya los hombres
bajo sus clasificaciones y sus fechas,
disgusto a uno por frío y a los otros por raro,
y en mi temblor humano hallan reminiscencias
muertas. Nunca han de comprender que si mi lengua
el mundo cantó un día, fue amor quien la inspiraba.
Yo no podré decirte cuánto llevo luchando
para que mi palabra no se muera
silenciosa conmigo, y vaya como un eco
a ti, como tormenta que ha pasado
y un son vago recuerda por el aire tranquilo.

Tú no conocerás cómo domo mi miedo
para hacer de mi voz mi valentía,
dando al olvido inútiles desastres
que pululan en torno y pisotean
nuestra vida con estúpido gozo,
la vida que serás y que yo casi he sido.
porque presiento en este alejamiento humano
cuán míos habrán de ser los hombres venideros,
cómo esta soledad será poblada un día,
aunque sin mí, de camaradas puros a tu imagen.
Si renuncio a la vida es para hallarla luego
conforme a mi deseo, en tu memoria.

Cuando en hora tardía, aún leyendo
bajo la lámpara luego me interrumpo
para escuchar la lluvia, pesada tal borracho
que orina en la tiniebla helada de la calle,
algo débil en mí susurra entonces:
los elementos libres que aprisiona mi cuerpo
¿fueron sobre la tierra convocados
por esto sólo? ¿Hay más? Y si lo hay ¿adónde
hallarlo? No conozco otro mundo si no es este,
y sin ti es triste a veces. Ámame con nostalgia,
como a una sombra, como yo he amado
la verdad del poeta bajo nombres ya idos.

Cuando en días venideros, libre el hombre
del mundo primitivo a que hemos vuelto
de tiniebla y de horror, lleve el destino
tu mano hacia el volumen donde yazcan
olvidados mis versos, y lo abras,
yo sé que sentirás mi voz llegarte,
no de la letra vieja, mas del fondo
vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
tendrán razón al fin, y habré vivido.




La gloria del poeta

Demonio hermano mío, mi semejante,
te vi palidecer colgado como la luna matinal,
oculto en una nube por el cielo,
entre las horribles montañas,
con una llama a guisa de flor tras la menuda oreja tentadora,
Blasfemando lleno de dicha ignorante,
Igual que un niño cuando entona su plegaria,
Y burlándote cruelmente al contemplar mi cansancio de la tierra.

Mas no eres tú,
amor mío hecho eternidad,
quien deba reír de este sueño, de esta impotencia, de esta caída,
Porque somos chispas de un mismo fuego
y un mismo soplo nos lanzó sobre las ondas tenebrosas
de una extraña creación, donde los hombres
se acaban como un fósforo al trepar los fatigosos años de sus vidas.

Tu carne como la mía
desea tras el agua y el sol el roce de la seda;
nuestra palabra anhela
el muchacho semejante a una rama florida
que pliega la gracia de su aroma y color en el aire cálido de mayo;
Nuestros ojos el mar monótono y diverso,
poblado por el grito de las aves grises en la tormenta,
nuestra mano hermosos versos que arrojar al desdén de los hombres.

Los hombres tú los conoces, hermano mío;
míralos cómo enderezan su invisible corona
mientras se borran en la sombra con su mujeres al brazo,
carga de suficiencia inconsciente,
llevando a comedida distancia del pecho,
como sacerdotes católicos la forma de su triste dios,
los hijos conseguidos en unos minutos que se hurtaron al sueño
para dedicarlos a la cohabitación, en la densa tiniebla conyugal
de su cubiles, escalonados los unos sobre los otros.

Míralos perdidos en la naturaleza,
cómo enferman entre los graciosos castaños y los taciturnos plátanos,
cómo levantan con avaricia el mentón,
sintiendo un miedo oscuro morderle los talones;
mira cómo desertan de su trabajo el séptimo día autorizado,
mientras la caja, el mostrador, la clínica, el bufete, el despacho oficial
dejan pasar el aire con callado rumor por su ámbito solitario.

Escúchalos brotar interminables palabras
aromatizadas de facilidad violenta,
reclamando un abrigo para el niñito encadenado bajo el sol divino
o una bebida tibia, que resguarde aterciopeladamente
el clima de su fauces,
a quienes dañaría la excesiva frialdad del agua natural.

Oye sus marmóreos preceptos
sobre lo útil, lo normal y lo hermoso;
óyelos dictar la ley al mundo, acotar el amor, dar canon a la belleza inexpresable,
Mientras deleitan sus sentidos con altavoces delirantes;
Contempla sus extraños cerebros
intentando levantar, hijo, a hijo, un complicado edificio de arena
que negase con torva frente lívida la refulgente paz de las estrellas.

Esos son, hermano mío,
los seres con quienes muero a solas,
fantasmas que harán brotar un día
el solemne erudito, oráculo de estas palabras mías ante alumnos extraños,
Obteniendo por ello renombre,
más una pequeña casa de campo en la angustiosa sierra inmediata a la capital;
en tanto tú, tras irisada niebla,
acaricias los rizos de tu cabellera
y contemplas con gesto distraído desde la altura
esta sucia tierra donde el poeta se ahoga.

Sabes sin embargo que mi voz es la tuya,
que mi amor es el tuyo;
deja, oh, deja por una larga noche
resbalar tu cálido cuerpo oscuro,
ligero como un látigo,
bajo el mío, momia de hastío sepulta en anónima yacija,
y que tus besos, ese venero inagotable,
viertan en mí la fiebre de una pasión a muerte entre los dos;
porque me cansa la vana tarea de las palabras,
como al niño las dulces piedrecillas
que arroja a un lago, para ver estremecerse su calma
con el reflejo de una gran ala misteriosa.

Es hora ya, es más que tiempo
de que tus manos cedan a mi gloria
el flamígero puñal codiciado del poeta,
de que lo hundas, con sólo un golpe limpio,
en este pecho sonoro y vibrante, idéntico a un laúd,
donde la muerte únicamente,
la muerte únicamente,
puede hacer resonar la melodía prometida.



Con bronca contenida escriben



Joaquín O. Giannuzzi


Veneno en la calle

Qué triste
se pone todo esto. Has entrado en la calle
sin haberte entendido en tu casa con nadie;
una vez más, concluyes, te ha fallado el lenguaje;
los motivos lejanos de tus propios senderos
se agotan enturbiados y no saben ahora
a donde te conducen. Pero ocurre que el mundo
es más difícil siempre; y todavía un hombre
es un caso insoluble para otro. No existe
una adecuada síntesis que asuma
una respuesta válida para estos horribles
malentendidos. Callas, caminas meditando;
lo que esperé encontrar en el jardín de antaño,
el pasado perpetuo que actúa con astucia
en libros y museos y maestros y jueces
deambula en otro reino con el rostro confuso:
¿y qué podré tomar de su extraño dominio
sino un golpe de viento equívoco y corrupto
con milenios de muerte hacia atrás y adelante
sin contar el presente? Yo pensé de este modo
que la historia repite una simulación
de sucesos irónicos sin ninguna especial
concentración de vida. Y una sola certeza
y atroz seguridad instala con la muerte
en este breve gesto que hago con las manos
o al abrir distraído una ventana. El resto
es apenas sospecha de una canción posible
en un posible huerto y la sospecha acaso
un engaño primario que equivoca los días.
Ahora cruzas la calle; preguntas qué curiosas
relaciones llevaron el constante veneno
de tu familia a esta meditación enferma;
pero nadie responde y como siempre todo
se reduce a girar, sin perdonar, en esta
muchedumbre que integras sin conclusión alguna.




Luis Cernuda


La familia

¿Recuerdas tú, recuerdas aun la escena
a que día tras día asististe paciente
en la niñez, remota como sueño de alba?
El silencio pesado, las cortinas caídas,
el círculo de luz sobre el mantel, solemne
como paño de altar, y alrededor sentado
aquel concilio familiar, que tantos ya cantaron,
bien que tú, de entraña dura, aún no lo has hecho.

Era a la cabecera el padre adusto,
la madre caprichosa estaba en frente,
con la hermana mayor imposible y desdichada,
y la menor más dulce, quizá no más dichosa,
el hogar contigo mismo componiendo,
la casa familiar, el nido de los hombres,
inconsistente y rígido, tal vidrio
que todos quiebran, pero nadie dobla.

Presidían mudos, graves, la penumbra,
ojos que no miraban los ojos de los otros,
mientras sus manos pálidas alzaban como hostia
un pedazo de pan, un fruto, una copa con agua,
y aunque entonces vivían en ellos presentiste,
tras la carne vestida, el doliente fantasma
que al rezo de los otros nunca calma
la amargura de haber vivido inútilmente.

Suya no fue la culpa si te hicieron
en un rato de olvido indiferente,
repitiendo tan sólo un gesto trasmitido
por otros y copiado sin una urgencia propia,
cuya intención y alcance no pensaban.
Tampoco fue tu culpa si no los comprendiste:
al menos has tenido la fuerza de ser franco
para con ellos y contigo mismo.

Se propusieron, como los hombres todos, lo durable,
lo que les aprovecha, aunque en torno miren
que nada dura en ellos ni aprovecha,
que nada es suyo, ni ese trago de agua
refrescando sus fauces en verano,
ni la llama que templa sus manos en invierno,
ni el cuerpo que penetran con deseo
dos soledades en una carne sola.

Ellos te dieron todo: cuando animal inerme
te atendieron con leche y con abrigo;
después, cuando creció tu cuerpo a par del alma,
con dios y con moral te proveyeron,
recibiendo deleite tras de azuzarte a veces
para tu fuerza tierna doblegar a sus leyes.
Te dieron todo, sí: vida que no pedías,
y con ella la muerte de dura compañera.

Pero algo más había, agazapado
dentro de ti, como alimaña en cueva oscura,
que no te dieron ellos, y eso eres:
fuerza de soledad, en ti pensarte vivo,
ganando tu verdad con tus errores.
Así, tan libremente, el agua brota y corre,
sin servidumbre de mover batanes,
irreductible al mar, que es su destino.

Aquel amor de ellos te apresaba
como prenda medida para otros,
y aquella generosidad, que comprar pretendía
tu asentimiento a cuanto
no era según el alma tuya.
A odiar entonces aprendiste el amor que no sabe
arder anónimo sin recompensa alguna.

El tiempo que pasó, desvaneciéndolos
como burbuja sobre la haz del agua,
rompió la pobre tiranía que levantaron,
y libre al fin quedaste, a solas con tu vida,
entre tantos de aquellos que, sin hogar ni gente,
dueños en vida son del ancho olvido.

Luego con embeleso probando cuanto era
costumbre suya prohibir en otros
y a cuyo trasgresor la excomunión seguía,
te acordaste de ellos, sonriendo apenado.
Cómo se engaña el hombre y cuán en vano
da reglas que prohíben y condenan.
¿Es toda acción humana, como estimas ahora,
fruto de imitación y de inconsciencia?

Por esta extraña llama hoy trémula en tus manos,
que aun deseándolo, temes ha de apagarse un día,
hasta ti trasmitida con la herencia humana
de experiencias inútiles y empresas inestables
obrando el bien y el mal sin proponérselo,
no prevalezcan las puertas del infierno
sobre vosotros ni vuestras obras de la carne,
oh padre taciturno que no le conociste,
oh madre melancólica que no le comprendiste.

Que a esas sombras remotas no perturbe
en los limbos finales de la nada
tu memoria como un remordimiento.
Este cónclave fantasmal que los evoca,
ofreciendo tu sangre tal bebida propicia
para hacer a los idos visibles un momento,
perdón y paz os traiga a ti y a ellos.


Dos historias mínimas con final inesperado



Miguel Ángel Petrecca


Estudios

El fruto desmenuzado de estos árboles
va dejando en la vereda una capra gruesa,
graffitis ilegibles, superpuestos, escudos
de clubes de fútbol y leyendas de cumpleaños
en la pared se han ido sumando de a poco,
sobre la mano de pintura que cada enero,
en unas horas, formatea la entera superficie.
La cruz de la farmacia titiló un instante
antes de prenderse y el custodio una vez más
como la figura dentro de un reloj cucú
salió y volvió a entrar. De punta a punta
del dial pasó agarrando pedazos de canciones.
Aunque una especie de empate hegemónico
mantiene así por el momento en equilibrio
las trincheras opuestas de la enfermedad
y la salud, la bisagra nunca está en realidad
tan lejos como uno piensa, parece decir
la chica que atraviesa ahora el espejo retrovisor
con unas radiografías o algo así en un sobre,
como los mensajeros que llevaban entre sus cartas,
sin saberlo, una con su propia sentencia.



Fabián Casas


Una canción que no recordás

Acelerás despacio,
el aire en la cara te reconforta.
A tu derecha, una heladera de coca cola
ilumina la estación de servicio.
Un colectivo, amarillo,
cruza lentamente la calle.
En la radio, los Beatles
cantan una canción que no recordás;
una cucaracha flotaba en el café
cuando vaciaste la cafetera.
Doblás y tomás por una calle oscura,
el empedrado te sacude un poco
y el ruido liso que te acompañaba
es ahora un leve repiqueteo.
¿Qué es lo que hace
que una vida funcione y avance?
Alguien, unos metros delante tuyo,
hace señas para que te detengas.

Engendran dos padres póstumamente poemas en sus hijos.



Hugo Mugica


Hace apenas días

Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto.

Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.

Hoy no es como otras lluvias,
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba.

Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.



Jorge Manique


Coplas por la muerte de su padre

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
(...)