Dos con recuerdo de la madre en la infancia peruana



José Watanabe

La cura

El cascarón liso del huevo
sostenido en el cuenco de la mano materna
resbalada por el cuerpo del hijo, allá en el norte.
Eso vi:
Una mujer más elemental que tú
espantando a la muerte con ritos caseros, cantando
con un huevo en la mano, sacerdotisa
más modesta no he visto.
Yo la miraba desgranar sobre su regazo
los maíces de la comida
mientras el perro callejero se disolvía en el relente del sol
lamiendo
el dolor arrojado a la tierra
junto con el huevo del milagro.
Así era. La vida pasaba sin aspavientos
entre gente parca, padre y madre
que preguntaban por mi alivio. El único valor
era vivir.
Las nubes pasaban por la claraboya
y las gallinas alineaban en su vientre sus santas ovas
y mi madre esperaba
nuevamente el más fresco huevo
con un convencimiento:
la vida es física.
Y con ese convencimiento frotaba el huevo contra mi cuerpo
y así podía vencer.
En ese mundo quieto y seguro fui curado para siempre.
En mí se harán todos los milagros. Eso vi,
qué no habré visto.


César Vallejo

XXIII

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.

En la sala de arriba nos repartías
de mañana, de tarde, de dual estiba,
aquellas ricas hostias de tiempo, para
que ahora nos sobrasen cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera de amor,
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto!
en las cerradas manos recién nacidas.

Tal la tierra oirá en tu silenciar
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.

Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?



Traducción: un poema de Ezra Pound



Ezra Pound


Encargo


Vayan, canciones mías, con los que están solos, con los tristes,
vayan con el que tuvo un colapso nervioso,
vayan con el esclavo de los convencionalismos,
llévenles mi desprecio por lo que los oprime.
Vayan como una ola de agua fresca,
lleven mi odio por los opresores.

Hablen en contra de la opresión oculta,
contra la tiranía de lo estereotipado,
contra las ataduras.
Vayan con la señora rica que se aburre,
vayan con las mujeres del cordón suburbano,
con las que tienen un matrimonio espantoso,
con las que fracasaron en secreto,
vayan con las que tienen mala suerte en su pareja,
vayan con la mujer que fue comprada,
con la mujer sometida.

Vayan con los de fuerza sexual frágil,
con los que tienen sueños delicados que se frustran,
vayan y arrasen con lo opaco del mundo,
vayan bien afiladas contra eso;
tensen sus cuerdas sutiles,
lleven confianza a los tentáculos y las algas del alma.

Vayan con amistad
y con palabras francas.
Vayan buscando nuevos males y un bien nuevo,
vayan contra las formas de opresión.
Vayan con los que han empeorado con el paso de los años,
los que han perdido el interés.

Vayan con los adolescentes que se ahogan en sus casas –
¡Qué horrible que es
ver tres generaciones juntas en una misma casa!
Es como un viejo árbol con algunos brotes nuevos
y con ramas podridas que se caen.

Vayan y desafíen lo que está establecido,
vayan contra el sometimiento vegetal de la sangre.
Opónganse a toda forma de preservación estéril.


Traducción: un poema de Ezra Pound



Ezra Loomis Pound


Un trato

Quiero que hagamos un trato, Walt Whitman-
Ya te odié suficiente.
Me acerco como un joven
que tuvo un padre muy cabezadura;
pero ya tengo edad para reconciliarme.
Vos nos trajiste una madera nueva,
es hora de tallarla.
Tenemos una misma savia, una misma raíz-
Que haya comercio entre nosotros.


Traducción: un poema de Edgar Lee Masters



Edgar Lee Masters




Spoon River Anthology, Robert Fulton Tanner


Si uno pudiera morder la mano enorme
que te atrapa y destroza,
como una rata me mordió
en mi ferretería un día
mientras mostraba cómo funcionaba
una trampa que había patentado...
Pero uno nunca puede
vengarse de ese ogro monstruoso que es la vida.
Entrás al cuarto, o sea nacés,
y tenés que vivir, pagar por tu alma.
¡Ajá! El cebo que te atrae está a la vista:
una mujer con plata con quien querés casarte,
prestigio, posición o poder en el mundo.
Pero hay cosas que hacer, mucho trabajo por delante,
sí, sí, son los alambres que protegen el cebo.
Al final conseguís lo que buscabas, pero oís unos pasos:
Es el Ogro, la vida, que entra al cuarto
(esperaba, y oyó cuando activabas el resorte)
para verte roer el queso apetitoso,
y ahora te mira fijamente con sus ojos que queman,
y se ríe, y se burla y te insulta y maldice
mientras corrés de un lado al otro de la trampa,
hasta que tu desesperación le aburre.