Traducción: Lucretius: De rerum natura; i, 1-20.



Lucrecio

De rerum natura: i; 1-20


Fértil madre de Eneas, alegría del hombre
y de los dioses, Venus generosa, que bajo
el lento transcurrir de los astros del cielo
pueblas el ancho mar y las tierras fructíferas,
porque en ti es concebida cada cosa viviente
y nace a ver la luz del sol… Diosa, ante ti,
se despejan las nubes y se aquietan los vientos,
en tu honor la industriosa tierra produce flores
dulcísimas, y ríe el mar y el cielo calmo
resplandece. Así, apenas se comienza a insinuar
la primavera y sopla el céfiro fecundo,
los pájaros del cielo celebran tu llegada
conmovidos en su hondo corazón por tu fuerza,
y así los animales atraviesan los campos,
atraviesan a nado los ríos, cautivados
por tu belleza y ávidos te siguen donde quieras
conducirlos, y por los mares, por los montes,
los ríos caudalosos, las moradas frondosas
de las aves, las vivas praderas –insuflándoles
tú el deleitable amor en sus pechos– consigues
que procreen engendrando todos según su especie.
(...)







Traducción: Lucretius: De rerum natura; iv, 1096-1120.



Lucrecio

De rerum natura; iv, 1096-1120.

(...)
Como el que siente sed soñando y no consigue
que las aguas aplaquen el ardor de sus miembros
y busca manantiales pero se esfuerza en vano
y siente sed bebiendo en la mitad de un río,
así en el amor Venus engaña a los amantes
y aun presentes sus cuerpos no se pueden saciar
ni arrancan sus caricias nada a los tiernos miembros
al errar vacilantes en el cuerpo del otro.
Y finalmente cuando entrelazados gozan
de la flor de la edad y en el cuerpo se anuncian
los placeres y Venus intensamente siembra
el campo femenino, entonces mezclan ávidos
los cuerpos, las salivas de sus bocas, respiran
deseosos, se muerden, y es en vano: no obtienen
nada y tampoco pueden abrir ni entremezclar
un cuerpo con el otro. Porque eso pareciera
que pretenden, tan ávidos los fija en su red Venus
mientras la voluptuosa potencia del deseo
los derrite. Y al fin el ansia acumulada
se expulsa de los nervios: sobreviene una pausa
en el violento ardor. Pero enseguida el mismo
frenesí vuelve y vuelven ellos a perseguir
eso que buscan, sin encontrar la manera
de remediar su mal, y ciegos languidecen
consumiéndose a causa de su secreta herida.
(...)