Uno de Once Personas

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Robert Browning


Mi última duquesa - Ferrara


Esa pintada ahí es mi última duquesa;
parece que estuviera viva… ¡Considero esa
obra una maravilla! Fray Pandolfo, apremiado,
trabajó todo un día, y ahí ve usted el resultado.
¿Quiere sentarse un rato a mirarla? Nombré
a propósito a Fray Pandolfo porque sé
que al ver mis invitados la expresión retratada,
la hondura y la pasión en su honesta mirada,
se dan vuelta hacia mí (como bien se imagina
nadie que no sea yo descorre esta cortina)
como si pretendieran, de atreverse conmigo,
preguntar sobre el brillo del retrato. Le digo,
no es usted el primero… y que el tierno rubor
no es la mera presencia de su esposo y señor;
Pandolfo se atrevió quizá a decir: “El manto
vela así la hermosura de la muñeca” o “Cuánto
lamento que no pueda el arte hacer justicia
al modo en que el matiz de la luz acaricia
el cuello de la dama…”. Eso era un inocente
cumplido, creería ella, motivo suficiente
para encenderse así. Ella era demasiado
–¿cómo decirlo?– fácil de contentar; su estado
normal era el asombro; cualquier cosa que viera
la dejaba admirada… ¡Señor, como si fuera
todo igual de valioso! Mis regalos, la huida
de la luz al ocaso, la rama florecida
que arrancó para ella un bruto en el jardín,
la mula blanca en la que se paseaba… En fin,
todo esto que le digo, cada una de estas cosas
hubiera suscitado palabras elogiosas
o su rubor al menos. Ella le agradecía
a cualquiera –y está bien, pero parecía
que igualaba los siglos de alcurnia de mi nombre
a cualquier otro don… ¿y cómo puede un hombre
como yo rebajarse a marcar nimiedades
de ese tipo? Aun si uno tuviera habilidades
–que por cierto no tengo– en el arte retórico
para poder decir de modo categórico
a alguien así “eso estuvo muy bien; eso otro, mal;
en esto faltó un poco, aquello es lo ideal…”.
Y aun si ella se dejara aleccionar en todo,
sin pretensión, igual sería en cierto modo
rebajarme. Y yo no me rebajo jamás.
Me sonreía, sí… ¿pero a quién no, además?
La cuestión empeoraba. Di instrucciones precisas.
Y entonces se apagaron de golpe las sonrisas.
Ahí está, como si siguiera viva... ¿Vamos?
Abajo nos esperan. Respecto a lo que hablamos,
le repito: la célebre y probada largueza
de su señor el Conde brinda plena certeza
de que no habrá problemas de dote, aunque obviamente
su preciosa hija en sí es lo que tengo en mente,
como dije al principio… No; bajemos mejor
juntos… Repare en ese Neptuno en su esplendor
domando a un hipocampo, fundido en bronce, ahí,
una rareza… ¡Lo hizo Clauss de Innsbruck para mí!

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(Traducción Alejandro Crotto)
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